miércoles, 8 de marzo de 2023

 

*“LA CIVILIZACIÓN SE HA HECHO A RATOS PERDIDOS”…

 

“…El recogimiento hará posible reencontrar el camino de lo mejor, en el reencuentro de la Teología, de la Filosofía, del arte, de la ciencia, en una palabra, de la auténtica vida espiritual que necesita el hombre de hoy”. J. Sepich, en “La actitud del Filósofo”.

 

 

Artículo de Julio Camba escrito en la década del ’30 en Nueva York, mientras ejercía de corresponsal de un diario madrileño. Con su fina ironía burlona  expone el materialismo de la vida activista

 

LA MECÁNICA COMO CIVILIZACIÓN.

 

En Nueva York no hay manera de perder el tiempo. No hay cafés, no hay apenas plazas ni paseos con bancos a la disposición del transeúnte ¿Qué hacer cuando a uno le sobra media hora durante la jornada laborable? ¿Qué hacer para no hacer nada?... En otras ciudades el Municipio  se ha preocupado de los vagos, de los poetas, de los enfermos y de las personas de edad, creando para ellos plazas, parques y jardines. En algunas se dan conciertos gratuitos. En muchas se les han hecho soportales para protegerlos de la lluvia y de la  nieve. Esas ciudades tienen, además, el café, institución maravillosa donde, mediante un precio módico, se alquila un trozo de diván por un plazo ilimitado y se adquiere el derecho de perder el tiempo, mientras que en Nueva York sólo existen bares para beber de pie.

 

Nueva York, realmente, más que una ciudad es una fábrica gigantesca. Aquí se ha supuesto que no debe haber vagos, que no debe haber poetas, que no debe haber enfermos y que no debe haber personas de edad. Se ha supuesto, en fin, que no se debe perder el tiempo. Las mismas diversiones neoyorquinas exigen una energía prodigiosa y son una forma más de la actividad nacional. Tanto en los cabarets como en las reuniones particulares, no hay medio de quedarse sin hacer nada. Es preciso bailar unos bailes gimnásticos, concentrar la atención en un espectáculo, jugar, oír una música estridente y violenta… Es preciso hacer algo constantemente…

 

Y esto es terrible, aunque no lo parezca, porque yo creo que toda la civilización se ha hecho a ratos perdidos y que su labor será  interrumpida en cuanto la humanidad se niegue sistemáticamente a perder el tiempo. Yo creo que la civilización es precisamente obra de los vagos, de los enfermos, de los poetas y de las personas de edad, y los concejales de las ciudades europeas deben de creerlo también, cuando tanto se preocupan de estas categorías sociales. Y yo les daría un consejo a las autoridades neoyorquinas: la de que fomenten el ocio.

 

No hay actividad intelectual –diría yo—en medio de una gran actividad física. Fomenten ustedes el ocio, y para ellos comiencen abaratando un poco las subsistencias. Luego supriman los trenes que pasan por algunas avenidas,  a fin de que las gentes, libres del estrépito incesante, puedan pasearse por ellas conversando o siguiendo el hilo de un pensamiento interior.  Esta admirable organización del tráfico que ustedes han hecho con objeto de atropellar a los transeúntes, suprímanla también, para ver si logran crear un público de personas  que callejeen lentamente , que observen y  que vean. Construyan ustedes soportales, planten árboles, pongan bancos.  Den conciertos públicos y, sobre todo, favorezcan la fundación de cafés, porque de nada sirven las bibliotecas en una ciudad donde no hay cafés. De este modo, dos o tres millones de personas llegarán a perder tres o cuatro horas cada  día. Supongamos –a los norteamericanos les gusta ver las cosas en números--, supongamos ocho millones de personas dedicadas diariamente al ocio –las horas naturalmente de muchísima gente-- , y  supongamos esto durante cincuenta años. El total sería de unos ciento cincuenta mil millones de horas que se habrían pasado  sin hacer ningún esfuerzo físico, “flaneando”, curioseando, soñando, conversando o pensando tonterías. Ciento cincuenta mil millones de horas de aislamiento, de inconciencia y de libertad mental, en que el cerebro parece como que se separara de su dueño y hace, no las cosas que le interesan a él, trabajando con un plan, desde luego, porque el cerebro siempre tiene su plan, pero no con el plan que le impone su dueño cuando se va  a una biblioteca o a un  laboratorio…De esos ciento cincuenta mil millones de horas no exageraríamos  calculando una pérdida de ciento cuarenta  y nueve mil novecientos  noventa y nueve millones novecientos noventa  y nueve mil. Novecientos noventa y tantas, en cambio, habrían servido para hacer música, versos, novelas , cuadros, ensayos, estatuas, etc., cosas todas que no pueden sobrar jamás en una ciudad como Nueva York. Y en sólo una hora restante, en media hora nada más, o únicamente en cinco minutos, hubiera podido surgir uno de esos pensamientos fundamentales que dirigen a la humanidad durante siglos y siglos, porque esos pensamientos se extraen al sinfín de las horas perdidas por un procedimiento parecido al que sirve en química para obtener el radium…

 

Esto les diría yo a los concejales neoyorquinos. Les aconsejaría que fomentasen el ocio, considerándolo base de la civilización; pero es probable que los concejales neoyorquinos admitiesen mi teoría y rechazasen mi consejo. Aquí hay una tendencia a sustituir la conversación con el baile, el pensamiento con la gimnasia casera y la civilización con la mecánica.*

 

Julio Camba.

 

*OTRO REGALITO MADE IN USA: EL aCTIVISMO DESENFRENADO BUSCANDO el  “ABSOLUTO”,.. DONDE NO LO ENCONTRARÁN

 

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