Chinda Brandolino
Más, mucho más que médica distinguida, una Patricia
argentina. De la estirpe de las damas de las invasiones inglesas, de las
colaboradoras del Libertador; imagen de doña Encarnación desafiando las
calumnias infames de la canalla. Esperando a un don Juan Manuel, como todos los patriotas esperamos.
Mujeres que son orgullo de la argentinidad.
Sólo los egoístas
y resentidos afirman que la aristocracia del espíritu y de la cultura caducaron.
En la España del ’36 se hubiera alistado en Falange,
seguramente, aunque no lo sé, sólo ella lo sabe. Suponiendo que así hubiera
sido, me recordó las palabras que dedicó Eugenio d’Ors a las muchachas
españolas nacionalistas; y las copio, no porque ella necesitase consejos, sino
porque ejemplarmente los está viviendo.
A continuación las palabras de Eugenio d’Ors, falangista,
padre de tres oficiales falangistas que lucharon contra los rojos; miembro de
la Real Academia Española…¿Hace falta más para leerlo respetuosamente, y
dedicárselo a Chinda Brandolino?
LA TRADICIÓN
“Nuevo glosario”, Buenos Aires, 1939.
Mensaje a la Falange Femenina.
Dicto estas palabras entre afonías y toses, que no se si
vienen de la tráquea herida o de la rabia en que me enciendo contra una
fatalidad, empeñada en apresarme lejos de vosotras, camaradas femeninas de la Falange, en ocasión en que,
más yo aún que vosotras, había deseado una presencia y uno de esos diálogos por
cuya virtud, sea cualquiera el número de
las voces que se dejan oír, el aire se serena, como en la oda de Fray Luis de León, “y viste de
hermosura y de luz”. De luz, sobre todo, que es lo que ahora le urge, en cada
capítulo, a España: para que el desbocado torrente de heroísmo donde se sublima
no deje légamos de confusión, en que se enfangue. El intento de canalizar la
corriente de intervención femenina en la construcción nacional; en tarea de
dilucidar algunas ideas que le sirvieron de oriente, hubiese yo hablado en
Segovia, de no haber sido víctima del rigor de mi fortuna. Clavado por ésta,
sólo puedo gritar a través del espacio, un doble alerta, cuya interpretación ha de quedar casi enteramente a vuestro cargo.
Alerta, en primer lugar, con las deviaciones hacia el
que, en la hora precedente de la Cultura, se llamó feminismo; es decir, con el
equívoco que consiste en buscar la excelencia ideal y activa de la mujer en el
ejercicio y cultivo de los valores específicamente viriles. Y, al decir esto,
no quiero rendir paria alguna a las oscuras condenaciones naturales y biológicas;
ni siquiera pienso en las materializadas del sexo o en rutinas sociales. Si
digo “feminismo”, si digo “viril”, entiendo permanecer aquí en el puro terreno
de la Cultura, donde la feminidad se vuelve genérica, hasta los límites del
“Ewig-Weiblieche” goethiano, del “Eterno Femenino”, de la feminidad considerada
como constante histórica, del “Eon” de la feminidad. Y lo mismo respecto de lo
viril, para el cual queremos igualmente obtener un arquetipo sin anécdotas, un
“Eon” de la Virilidad. En esos términos, ¿en qué consisten uno y otro?...
Cuanto me hubiera complacido conducir sobre ello una
investigación socrática con vosotras, en que la verdad hubiese ido amaneciendo
lenta y cautivadoramente a nuestros ojos. Pero no puedo en las actuales
circunstancias proceder sino por definiciones categóricas. Y decir: Femenino, en
el vocabulario de la Ciencia de la Cultura,
es cuanto en la actividad del ser
humano, tiene por fin inmediato otro ser humano; viril, al revés es,
dentro del mismo lenguaje, cuanto, en la actividad del ser humano, tiene por fin inmediato las cosas, los
objetos, materiales o ideales, exteriores al ser humano y que subsisten
independientemente de él… Estas definiciones implican sendas tablas de
valores, naturalmente. Repito que hoy me es preciso dejar a vuestro cuidado el
establecerlas, el desarrollarlas. Como palabra de advertimiento, lanzada entre
fiebres, y quizá recogida, al igual, entre fiebres, basta ésta; en vuestra
intervención nacional, mujeres de la Falange, llegad hasta la cumbre, llegad al
confín, en cuanto se refiera a la acción
del ser humano por el ser humano; a esto que podemos llamar salvación, soteriología. Pero ni un paso más allá;
ni un devaneo dócil a la tentación de ultra-fronteras. En cuanto a la
intervención femenina se aplicase a las cosas, a la producción material o
intelectual de riquezas o de valores, renacería la tragedia a que nos condenó
ayer la sociedad democrática; la tragedia cuyas manifestaciones agudas
empezaron en la esclavitud femenina de las fábricas de Manchester y han culminado en la
esclavitud femenina de la trinchera de las milicianas rojas.