sí sí nó nó
REVISTA CATÓLICA ANTIMODERNISTA
Enero 2012
ALGUNAS FUERZAS OCULTAS QUE MANIPULARON EL VATICANO II
“Pío IX decía, en tiempos del Concilio Vaticano I, que el Concilio lo
hacían el Espíritu Santo, los hombres y el diablo. Yo veo (…) en ciertas
ambigüedades litúrgicas y disciplinares (…), en el pluralismo teológico (…) la
presencia del “inimicus homo”, la
obra de Satanás, es decir de uno de los tres personajes que trabajaron en el
Vaticano II”, (Padre Gabriele Allegra, Ideo
multum tenemur Ei).
[A continuación trae párrafos
–que no copio, pues se pueden leer en el libro del Profeta Ezequiel: relativos
al “exterminio sagrado” de Yavé ( Leer: Ez.
9,1 y ss.).
EL MODERNISMO, “SOCIEDAD
SECRETA”, Y SU REVIVISCENCIA.
Les explicaba San Pío X a los obispos, en el Motu Propio Sacrorum Antistitum, del 1ºde septiembre
de 1910, después de ratificar la condena del modernismo como “cloaca de todas
las herejías” (Encíclica Pascendi,
del 8 de septiembre de 1907) que el movimiento modernista difería de todos los
movimientos heterodoxos que habían atravesado la historia de la Iglesia y se
asemejaba a uno sólo, el gnosticismo del siglo II. Porque, al igual que éste,
quería cambiar desde dentro, al decir del Papa, tanto la Iglesia como el
cristianismo y volverlos un mero conocimiento filosófico panteísta (“gnosis”).
El gnosticismo había sido debelado por los Padres de la Iglesia; el
modernismo, en cambio, aun cuando fue golpeado con dureza por la Pascendi,
se amadrigó en las entrañas de la Iglesia: los modernistas se ocultaron o se
pusieron en “hibernación” para poder cambiar a la Iglesia romana a escondidas.
El Papa Sarto escribía lo siguiente en el motu propio susomentado: “Los
modernistas aun después de que la encíclica Pascendi Dominici Gregis les arrancara la máscara, no han cejado en su
propósito de turbar la paz de la Iglesia. En efecto, no han dejado de buscar
nuevos adeptos y de congregarlos en una sociedad secreta (foedus clandestinum).
(…) Son adversarios tanto más temibles
cuanto más cercanos”.
La existencia de esta secta modernista en el seno de la Iglesia la
confirman los propios modernistas. Citemos, por limitarnos a un ejemplo, lo que
escribía Albert Houtin, quien afirmaba que el auténtico modernista, aunque
perdiera la fe por completo, no tendría que salirse de la Iglesia por ello, a
diferencia de los herejes clásicos, sino que debería permanecer en ella lo más
posible para inocular la nueva doctrina en sus venas y transformarla desde
dentro : “Ningún verdadero modernista, ya
sea laico o sacerdote, puede dejar la Iglesia o colgar los hábitos, porque si
lo hiciera dejaría de ser, en ese mismo momento, un modernista auténtico”
(1).
Así que el secretismo es connatural al modernismo, el cual, a fin de poder
mudar la doctrina de la Iglesia mediante el subjetivismo y el relativismo de la
filosofía moderna, no vaciló en constituirse en sociedad secreta para minar a
aquella como un tumor maligno, sin que se le pudiera expulsar o desarraigar del
cuerpo sano de la Esposa de Cristo. En efecto, mientras uno no se da cuenta de
que tiene un cáncer, éste puede diseminar sus metástasis por todo el organismo,
con lo que se vuelve imposible toda amputación y cualquier tipo de cura, y
lleva a la disolución completa del cuerpo enfermo.
El modernismo clásico –el condenado por San Pío X—fingió desaparecer para
reaparecer con toda su virulencia en torno a los años cuarenta hasta que fue
condenado por Pío XII como neomodernismo en la encíclica Humanii Generis (12 de
agosto de 1950). Su virulencia fue tal que, comparado con él, escribió Jaques
Maritain, el modernismo condenado por San Pío X parecía sólo “una modesta rinitis alérgica”.
Nótese que el sectarismo caracteriza, asimismo o, además de al gnosticismo
antiguo, a la masonería (R.Espópsito: “La riconciliazione tra la Chiesa e la
Masoneria”; sí sí nó nó, nº 111) y
al judaísmo talmúdico (sí sí nó nó,
abril 2009 ed. en italiano).
LA SHOAH Y NOSTRA AETATE
Ya estudiamos antes la génesis de Nostra
Aetate (sí sí nó nó 2/2008 ed.
ital.). Añadamos ahora tan sólo, para no aburrir
al lector, que el Cardenal Agustino Bea, a quien Juan XXIII le había encargado
la redacción de dicha declaración conciliar, lo había “enganchado” al rabino
jefe de Roma Elio Toaff, en el Pontificio Instituto Bíblico, al comienzo de
la década del cincuenta. Este rabino fue el que más tarde, en 1986, recibió a Juan
Pablo II en la sinagoga de Roma, en la
que el papa Woijtyla llamó “hermanos mayores en la fe de Abrahán” a los judíos
postbíblicos , que no creen en Cristo y niegan el misterio de la Santísima
Trinidad, a diferencia de Abrahán, que se “regocijó” ante el pensamiento de ver
a Nuestro Señor Jesucristo y, en virtud de una ilustración divina, lo vio y “se alegró” por ello (Jn. 8/56).
Toaff escribe: “Nuestro conocimiento [el
que se daba entre él y Bea] se transformó muy pronto en amistad, y un día
monseñor Bea me confió que , al ser alemán de nacimiento, sentía todo el peso
del daño que su pueblo había infringido a los judíos y quería hacer algo para
repararlo. Le vino la idea de un concilio ecuménico en el cual se debería
aprobar un documento sobre los judíos”.
(Toaff “Pérfidos judíos- Hermanos mayores”).
Como se ve la shoah desempeñó
objetiva e históricamente, desde la década de los cincuenta, un papel decisivo
en la revolución de la teología católica respecto al judaísmo postcristiano; lo
siguió desempeñando en 1965 durante el concilio y, por último, en el
postconcilio, bajo los pontificados de Juan Pablo II (“la antigua alianza jamás
revocada”, Maguncia, 1980; “hermanos mayores en la fe de Abrahán, Roma 1986) y
de Benedicto XVI (obligación de profesar
la vulgata exterminacionista sobre la shoah, so pena de exclusión de la Iglesia,
Roma 2009; los judíos padres en la fe de los cristianos, ”Luz del mundo” 2010), por no hablar de las vergonzosas
Ayudas para una presentación correcta del judaísmo, de 1985, en que, en aras de
la apología del judaísmo farisaico, se llega a negar la historicidad de los
evangelios, como que se afirma que Jesús no pronunció nunca las severas
condenas que figuran en los mismos, y se atribuyen éstas a una “invención” fabulada
por los evangelistas cuando la Iglesia naciente y la sinagoga entraron en conflicto
(sí sí nó nó agosto 1985, ed.
ital.).
Quien no comprenda o finja no comprender
(porque ha decidido subirse al carro de la judaización vencedora a fin
de tener “una buena posición”), el papel eminentemente “teológico” y
disolutorio del holocausto de Cristo que
desempeña la shoah, se dispone a recorrer la misma senda de Bea, Roncalli,
Wojtyla y Ratzinger en la judaización de la teología católica, una senda que
lleva derecho a la apostasía respecto de
Cristo , redentor único de la humanidad y, por ende, redentor asimismo de esos
judíos que se lisonjean en vano de poder salvarse sin Él.
El judaísmo, que prosigue la obra de Anás y Caifás, igual que la esposa de
Cristo hace lo propio con la de Jesús, ha procurado siempre, desde los inicios
del cristianismo, infiltrarse en su interior para destruírlo cada vez que no
lograba acabar con él mediante las persecuciones que desencadenaba desde fuera.
La Iglesia se ve hoy como un “eccehomo” ante la Shoah, que se usó contra ella
como un “ariete” en el Vaticano II (sí sí nó nó mayo 1986, ed. ital.: La mudanza obrada en el Nuevo Testamento con
la apología filojudaica).
EL PROBLEMA SECULAR DE
LOS MARRANOS, LA EXTRAÑA CONVERSIÓN DEL CARDENAL LISTIGER Y UNA CONFESIÓN
SINCERA.
Cecil Toth, que murió en 1970, después de haber sido por muchos años
profesor de estudios hebraicos en Oxford, presidente de la Jewish
Historical Society of England y director de la Enciclopedia Judía, escribía que según las normas rabínicas, era
lícito, para salvar la vida o para poder permanecer en el país de los antepasados de uno, ocultar las propias
creencias judías y hasta negarlas exteriormente. De ahí el problema secular del
criptojudaísmo, esto es, de los judíos que aparentaban volverse cristianos,
pero que seguían siendo judíos en su
corazón, y practicaban los ritos judaicos a escondidas.
Félix Vernet escribía a su vez en el Dictionnaire
Apologétique de la Foi Catholique, que “hubo conversiones insinceras de judíos al
cristianismo desde el 313 al 1100 (…) algunos judíos fingieron convertirse
desde el 1100 al 1500 (…). En España miles de judíos pidieron el bautismo
durante la “tormenta” de 1391. La mayor parte sólo mantuvo una apariencia de
cristianismo, pues celebraba de tapadillo los ritos judaicos. El pueblo, que no
se engañaba tocante a sus sentimientos íntimos, llamaba “marranos” a estos
cristianos nuevos y los evitaba.
Los marranos se caracterizaban, afirma León Poliakov, por la “obsesión del
secreto” y por una “doblez inevitable”. Muchos de ellos hasta “ se hacían frailes (…) otros iban a la
corte pontificia. Los marranos portugueses, mucho más encallecidos que los
“conversos” españoles en la práctica del criptojudaísmo, se derramaron en gran
número por toda la península. Sumamente adiestrados en su lucha contra la
Inquisición, mantenían en Roma una especie de “lobby” permanente que (…) les
granjeaban perdones colectivos…”. Tras la expulsión de Portugal, continúa
Poliakov, “una notable oleada de marranos
emigrantes arribó a la colonia portuguesa del Brasil (…) Por eso Brasil se llenó
de “cristianos nuevos” de dudosa ortodoxia”. “Ser marrano –sigue diciendo
Poliakov-- equivalía a estar afiliado a una vasta sociedad secreta de
protección y asistencia mutua”, como una especie de masonería o club rotario ante literam [por adelantado]. El
marrano era y sigue siendo hoy el más “inquietante y exasperante”, por usar las
palabras de Poliakov, que el judío declarado, porque parece ser un cristiano
mientras que, en realidad, es un enemigo de Cristo. Y aquí se plantea una
cuestión inquietante bastante reciente.
El cardenal Jean Maarie Lustiger, judío de nacimiento y “convertido” al
cristianismo en 1940, concedió una entrevista cuando era cardenal a la Agence Telégrafique Juive, que luego fue
reproducida por Documentation Catholique del
1º marzo 1981. Expresó en dicha entrevista posiciones teológicas que es imposible
no hagan dudar de la sinceridad de su “conversión”.
Empieza por afirmar que ”la decisión de hacerme cristiano no me pareció
una negación de mi identidad judía, sino una afirmación de la misma”.
Lustiger habría debido distinguir aquí, aunque no lo hizo, entre el judaísmo
mosaico, cuya consumación se da en el cristianismo, y el judaísmo
postcristiano, y por ende anticristiano, negador de Cristo, un judaísmo del
cual, en cuanto tal, han de abjurar los judíos cuya conversión sea sincera (“no
se puede servir a dos señores”, dijo Jesús).
Lustiger afirma en segundo lugar. “¡Proselitismo no! [de la Iglesia para
con los judíos, se entiende]. Carece de todo sentido (…). Tanto la fe judaica
como la cristiana son una llamada de Dios”. Esta última aseveración, que sitúa
en el mismo plano al judaísmo y al cristianismo, es patentemente contraria a la
fe católica, que profesa la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, una
divinidad negada por el judaísmo postcristiano, por lo que sólo una de dichas
”fes” puede ser verdadera al oponerse contradictoriamente la una a la otra. En
cuanto al “proselitismo” que, al decir de Lustiger, “carece de todo sentido”, para los judíos, quienes disponen, según
parece de un corredor privado y privilegiado para llegar a la salvación,
observemos lo siguiente: ¿Qué hizo personalmente Nuestro Señor sino evangelizar a los judíos?
¿Qué hizo San Estaban al precio de su martirio? ¿Qué hizo San Pablo antes de
volverse hacia los gentiles? El proselitismo entre los judíos lo inició
Jesucristo y lo continuaron sus Apóstoles y sucesores, a quienes había ordenado
practicarlo (Luc. 27/47). Y entonces ¿Cómo puede un cardenal de la Santa
Iglesia Romana afirma que el proselitismo” entre los judíos “carece de todo sentido”?
Lustiger prosigue: “La vocación de
Israel es traer luz a los “goyim” (los no judíos. (…) Creo que el cristianismo
es una manera de llegar a ello”. ¡No! La luz es Nuestro Señor Jesucristo (“Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no
anda en tinieblas, sino que tendrá luz de vida”), y la “vocación de Israel”
se cumplió ya con el “pequeño resto” que creyó en Él. El cristianismo es la
única vía para llegar a Él, mientras que el actual judaísmo anticristiano,
que rechazó y sigue rechazando al Mesías
y la luz que ha venido a traernos (el evangelio y la Iglesia), “anda en
tinieblas” y no puede iluminar a nadie.
Después de haber subordinado el cristianismo a la “vocación” de Israel, que
para él sigue estando vigente, monseñor Lustiger persevera in crescendo en sus aseveraciones: “Pienso que, siendo discípulo de
Cristo a mi manera…” Asi el mismo a quien Juan Pablo II creó cardenal de la
Iglesia Católica, hace aquí una declaración explícita de herejía (del griego airesis: elección) , de ser cristiano
“a su manera”, no como Dios manda,
eligiendo en el cristianismo lo que le agrada y rechazando lo que no le
conviene o no se aviene con su pensamiento. Esta fe sui generis, que
objetivamente no es la virtud sobrenatural de la fe teologal, sino la “fe” de
todos los herejes, estaba sobre todo, como Lustiger lo dijo poco antes, en
considerar que el cristianismo es sólo una vía para llegar a la luz que emana
del judaísmo. Ahora bien, es propio de lo marrano profesar abiertamente una
religión mientras practica otra en secreto; de ahí que sea más que lícito
preguntarse sobre la sinceridad de la conversión del cardenal Luestiger, que
quiso seguir siendo judío (o mejor dicho
un híbrido) incluso en la muerte, como que había pedido antes de morir que se
recitara sobre su ataúd, en la catedral de París, la plegaria judía sobre los
difuntos (sí sí nó nó,12/2007).
Pero aunque la “conversión” del judío Lustiger sigue siendo incierta, no lo
es, en cambio, la influencia ejercida por ciertos judíos sobre el concilio y
los papas “conciliares”. Lo reconoció, bien que sin medir todo el alcance de su
reconocimiento, el dominico Pierre M. de Contenson, secretario a la sazón de la
comisión vaticana para las relaciones religiosas (?) con el judaísmo. En
efecto, dicho dominico escribía lo siguiente en la presentación de la edición
italiana del libro del judío Jules Isaac, Gesú
e Israele: “Tocante a la eficacia (…)
de la causa defendida (…) por el autor, basta parangonar sus conclusiones con
las enseñanzas de Nostra Aetate y de
las Orientaciones del 1º/12/1974 para
comprobar que influencia ejerció de hecho: lo que él proponía en 1959 se recogió
en sus partes esenciales, se proclamó y se propuso como norma por parte de las autoridades centrales de la
Iglesia Católica en 1965 [con Nostra Aetate] y en 1974 [con las Orientaciones y, peor aún, en 1985 con las ayudas
que se mencionaron más arriba” y aquí más que dejarse ver lo que hace es
darse a conocer una de las “fuerzas ocultas” que manipularon el concilio y
siguen sin dejar de manipular el postconcilio.
LA GAUDIUM ET SPES Y EL
SESENTA Y OCHO
Antes de concluir queremos referirnos a uno de los amargos frutos del
concilio, amargo no sólo para la Iglesia sino, además, para la sociedad civil.
Ya tocamos en otras ocasiones el problema de la Gaudium et Spes en cuanto
documento conciliar panteísta y antropolátrico, pero ahora vemos a ver que
influyó en la revolución estudiantil que disolvió la sociedad civil, la familia
y al propio hombre en las profundidades de su alma racional y espiritual (sí sí nó nó, agosto 2009, ed. Ital.).
El espíritu antijerárquico del sesenta y ocho, que se cifraba en la consigna
“prohibido prohibir”, tenía su correlativo en la aversión conciliar a la curia
romana y al primado monárquico del Papa y en la ventolera de optimismo utópico
que quería no condenar más y “usar de la medicina de la misericordia más que la
severidad” (Juan XXIII). Lo reconoció el teólogo conciliar René Laurentin “Las reivindicaciones del
movimiento de mayo del sesenta y ocho coincidían en buena parte con las grandes ideas del concilio, en particular
con las de la constitución sobre la
Iglesia y el mundo (GS). (…) Por lo demás el Vaticano II había sido ya,
en cierta medida la protesta contra la curia de un grupo de obispos
comprometidos”. En efecto, muchos exponentes del movimiento estudiantil, como
Mario Capanna y Marco Boato provenían de ambientes eclesiales. Capanna llegó a
decir, en una entrevista a LÁvvenire
(20 marzo 1998): “Pasábamos noches
enteras estudiando [en la Universidad Católica de Milán] a los teólogos que entonces se consideraban
de primera línea: Rahner, Schillebeck
(…) junto con los documentos
conciliares” Roberto Beretta escribe que se descubre al leer los documentos
del sesenta y ocho, que están llenos de citas del concilio (Lumen
Gentium y Gaudium et Spes) y de las
encíclicas de los papas “conciliares” (Juan XXIII, Pacem in Terris, y Pavlo VI (Populorum
Progressio).
LA “PRIMAVERA
ANTROPOLATRICA” DEL CONCILIO
Mientras no se, desarraiguen las causas remotas (subjetivismo e inmanentismo)
de tantos males que se manifiestan de improviso y de manera paroxística en la
década de los sesenta no habrá curación de la fiebre que viene corroyendo a la
sociedad civil y eclesiástica. Creo que la principal de estas causas es el
antropocentrismo.
Pablo VI, pese a que había
pronunciado ya algunos discursos sobre la tragedia de la situación
postconciliar en la que hablaba de la “autodemolición
de la Iglesia” (…) golpeada por quien
forma parte de ella” (Discurso al Seminario Lombardo, 7 diciembre 1968),
con todo y eso, volvió a tocar el tema de la grandeza infinita del hombre al
pisar éste la luna por primera vez (12 julio 1969), en perfecta continuidad con
el irrealista optimismo conciliar y, a la vez, en absoluta discontinuidad con
el realismo de la “autodemolición” que
había anunciado. En efecto, dijo en el Ángelus del 13 julio 1969, que el hombre
en ese asunto del alunizaje, “se revela
como un gigante. Se revela como divino, no en sí, sino en su principio y su
destino. Honor al hombre, honor a su dignidad, a su espíritu, a su vida”.
No es, ciertamente, la coincidentia
oppositorum, la continuidad en la discontinuidad, lo que hará entrar en
seso al ambiente eclesial devastado por la “primavera antropolátrica del
concilio”. Es menester volver realmente de hecho, y no sólo de palabra a las
verdaderas fuentes del catolicismo teocéntrico tal y como se hallan en la Tradición y en las Escrituras, unas
fuentes que la Escolástica examinó a fondo (especialmente Santo Tomás) y de las que se sirvió constantemente en el
magisterio tradicional de la Iglesia
hasta Pío XII.
Las medidas a medias las medias verdades, la “sola missa” no bastan para
curar un cáncer. “A grandes males grandes remedios”. No bastó decir, en el
pasado, “el humo de Satanás ha entrado en
el templo de Dios” (Pablo VI) y luego seguir obrando como si no pasara
nada, y hoy no basta afirmar, sin
demostrarlo, que el Vaticano está en
perfecta sintonía con la Tradición apostólica. Es menester probarlo porque Quod gratis affirmatur gratis negatur
[“lo que gratuitamente se afirma gratuitamente se niega”]. Ahora bien, no hay
pruebas serias de tal sintonía entre ambos, mientras que se han brindado muchas
de su oposición (comenzando por el Breve
examen critico del Novus Ordo Missae que le presentaron a Pablo VI los cardenales Ottaviani y Bacci, y que aún espera respuesta).
CONCLUSIÓN
El texto del Padre Gabriele Allegra
que citamos al comienzo de este artículo nos hace comprender la gravedad
preternatural de la situación en que nos han puesto el concilio y en el
postconcilio. Ahora bien, humanamente hablando, llevamos las de perder a la
hora de combatir a un enemigo tan poderoso; pero con ayuda de la Virgen María ”debeladora de todas las herejías,
podemos volver a “ver la estrella”.
Sólo el inmenso castigo profetizado por la Virgen de Fátima podrá sacar del
estado en que yacen una humanidad y un ambiente eclesial tan degradados: Portae infieri non praevalebunt: “Al final triunfará mi
corazón inmaculado”. No sabemos dónde ni cuándo ni cómo, pero estamos seguros
de que ganaremos con creces. +
GREGORIUS.
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