domingo, 22 de febrero de 2026

 

sí sí nó nó

REVISTA CATÓLICA ANTIMODERNISTA

Enero  2012

ALGUNAS FUERZAS OCULTAS QUE MANIPULARON EL VATICANO II

“Pío IX decía, en tiempos del Concilio Vaticano I, que el Concilio lo hacían el Espíritu Santo, los hombres y el diablo. Yo veo (…) en ciertas ambigüedades litúrgicas y disciplinares (…), en el pluralismo teológico (…) la presencia del “inimicus homo”, la obra de Satanás, es decir de uno de los tres personajes que trabajaron en el Vaticano II”, (Padre Gabriele Allegra, Ideo multum tenemur Ei).

[A continuación trae párrafos –que no copio, pues se pueden leer en el libro del Profeta Ezequiel: relativos al “exterminio sagrado” de Yavé  ( Leer: Ez. 9,1 y ss.).

EL MODERNISMO, “SOCIEDAD SECRETA”, Y SU REVIVISCENCIA.

Les explicaba San Pío X a los obispos, en el Motu Propio Sacrorum Antistitum, del 1ºde septiembre de 1910, después de ratificar la condena del modernismo como “cloaca de todas las herejías” (Encíclica Pascendi, del 8 de septiembre de 1907) que el movimiento modernista difería de todos los movimientos heterodoxos que habían atravesado la historia de la Iglesia y se asemejaba a uno sólo, el gnosticismo del siglo II. Porque, al igual que éste, quería cambiar desde dentro, al decir del Papa, tanto la Iglesia como el cristianismo y volverlos un mero conocimiento filosófico panteísta (“gnosis”).

El gnosticismo había sido debelado por los Padres de la Iglesia; el modernismo, en cambio, aun cuando fue golpeado con dureza por la  Pascendi, se amadrigó en las entrañas de la Iglesia: los modernistas se ocultaron o se pusieron en “hibernación” para poder cambiar a la Iglesia romana a escondidas. El Papa Sarto escribía lo siguiente en el motu propio susomentado: “Los modernistas aun después de que la encíclica Pascendi Dominici Gregis  les arrancara la máscara, no han cejado en su propósito de turbar la paz de la Iglesia. En efecto, no han dejado de buscar nuevos adeptos y de congregarlos en una sociedad secreta (foedus clandestinum). (…) Son adversarios tanto más temibles cuanto más cercanos”.

La existencia de esta secta modernista en el seno de la Iglesia la confirman los propios modernistas. Citemos, por limitarnos a un ejemplo, lo que escribía Albert Houtin, quien afirmaba que el auténtico modernista, aunque perdiera la fe por completo, no tendría que salirse de la Iglesia por ello, a diferencia de los herejes clásicos, sino que debería permanecer en ella lo más posible para inocular la nueva doctrina en sus venas y transformarla desde dentro : “Ningún verdadero modernista, ya sea laico o sacerdote, puede dejar la Iglesia o colgar los hábitos, porque si lo hiciera dejaría de ser, en ese mismo momento, un modernista auténtico” (1).

Así que el secretismo es connatural al modernismo, el cual, a fin de poder mudar la doctrina de la Iglesia mediante el subjetivismo y el relativismo de la filosofía moderna, no vaciló en constituirse en sociedad secreta para minar a aquella como un tumor maligno, sin que se le pudiera expulsar o desarraigar del cuerpo sano de la Esposa de Cristo. En efecto, mientras uno no se da cuenta de que tiene un cáncer, éste puede diseminar sus metástasis por todo el organismo, con lo que se vuelve imposible toda amputación y cualquier tipo de cura, y lleva a la disolución completa del cuerpo enfermo.

El modernismo clásico –el condenado por San Pío X—fingió desaparecer para reaparecer con toda su virulencia en torno a los años cuarenta hasta que fue condenado por Pío XII como neomodernismo en la encíclica Humanii Generis (12 de agosto de 1950). Su virulencia fue tal que, comparado con él, escribió Jaques Maritain, el modernismo condenado por San Pío X parecía sólo “una modesta rinitis alérgica”.

Nótese que el sectarismo caracteriza, asimismo o, además de al gnosticismo antiguo, a la masonería (R.Espópsito: “La riconciliazione tra la Chiesa e la Masoneria”; sí sí nó nó, nº 111) y al judaísmo talmúdico (sí sí nó nó, abril 2009 ed. en italiano).

LA SHOAH Y NOSTRA AETATE

Ya estudiamos antes la génesis de Nostra Aetate (sí sí nó nó 2/2008 ed. ital.).  Añadamos ahora tan sólo, para no aburrir al lector, que el Cardenal Agustino Bea, a quien Juan XXIII le había encargado la redacción de dicha declaración conciliar, lo había “enganchado” al rabino jefe de  Roma Elio Toaff, en el  Pontificio Instituto Bíblico, al comienzo de la década del cincuenta. Este rabino fue el que más tarde, en 1986, recibió a Juan Pablo II  en la sinagoga de Roma, en la que el papa Woijtyla llamó “hermanos mayores en la fe de Abrahán” a los judíos postbíblicos , que no creen en Cristo y niegan el misterio de la Santísima Trinidad, a diferencia de Abrahán, que se “regocijó” ante el pensamiento de ver a Nuestro Señor Jesucristo y, en virtud de una ilustración divina, lo vio  y “se alegró” por ello (Jn. 8/56).

Toaff escribe: “Nuestro conocimiento [el que se daba entre él y Bea] se transformó muy pronto en amistad, y un día monseñor Bea me confió que , al ser alemán de nacimiento, sentía todo el peso del daño que su pueblo había infringido a los judíos y quería hacer algo para repararlo. Le vino la idea de un concilio ecuménico en el cual se debería aprobar un documento sobre los judíos”.  (Toaff “Pérfidos judíos- Hermanos mayores”).

Como se ve la shoah desempeñó objetiva e históricamente, desde la década de los cincuenta, un papel decisivo en la revolución de la teología católica respecto al judaísmo postcristiano; lo siguió desempeñando en 1965 durante el concilio y, por último, en el postconcilio, bajo los pontificados de Juan Pablo II (“la antigua alianza jamás revocada”, Maguncia, 1980; “hermanos mayores en la fe de Abrahán, Roma 1986) y de Benedicto XVI (obligación de  profesar la vulgata exterminacionista sobre la shoah, so pena de exclusión de la Iglesia, Roma 2009; los judíos padres en la fe de los cristianos, ”Luz del mundo”  2010), por no hablar de las vergonzosas Ayudas para una presentación correcta del judaísmo, de 1985, en que, en aras de la apología del judaísmo farisaico, se llega a negar la historicidad de los evangelios, como que se afirma que Jesús no pronunció nunca las severas condenas que  figuran en los mismos, y se  atribuyen éstas a una “invención” fabulada por los evangelistas cuando la Iglesia naciente y la sinagoga entraron en conflicto (sí sí nó nó agosto 1985, ed. ital.).

Quien no comprenda o finja no comprender  (porque ha decidido subirse al carro de la judaización vencedora a fin de tener “una buena posición”), el papel eminentemente “teológico” y disolutorio  del holocausto de Cristo que desempeña la shoah, se dispone a recorrer la misma senda de Bea, Roncalli, Wojtyla y Ratzinger en la judaización de la teología católica, una senda que lleva derecho a  la apostasía respecto de Cristo , redentor único de la humanidad y, por ende, redentor asimismo de esos judíos que se lisonjean en vano de poder salvarse sin Él.

El judaísmo, que prosigue la obra de Anás y Caifás, igual que la esposa de Cristo hace lo propio con la de Jesús, ha procurado siempre, desde los inicios del cristianismo, infiltrarse en su interior para destruírlo cada vez que no lograba acabar con él mediante las persecuciones que desencadenaba desde fuera. La Iglesia se ve hoy como un “eccehomo” ante la Shoah, que se usó contra ella como un “ariete” en el Vaticano II  (sí sí nó nó mayo 1986, ed. ital.: La mudanza obrada en el Nuevo Testamento con la apología filojudaica).

EL PROBLEMA SECULAR DE LOS MARRANOS, LA EXTRAÑA CONVERSIÓN DEL CARDENAL LISTIGER Y UNA CONFESIÓN SINCERA.

Cecil Toth, que murió en 1970, después de haber sido por muchos años profesor de estudios hebraicos en Oxford, presidente de la  Jewish Historical Society of England y director de la Enciclopedia Judía, escribía que según las normas rabínicas, era lícito, para salvar la vida o para poder permanecer en el país de  los antepasados de uno, ocultar las propias creencias judías y hasta negarlas exteriormente. De ahí el problema secular del criptojudaísmo, esto es, de los judíos que aparentaban volverse cristianos, pero que seguían siendo judíos  en su corazón, y practicaban los ritos judaicos a escondidas.

Félix Vernet escribía a su vez en el Dictionnaire Apologétique de la Foi Catholique, que “hubo  conversiones insinceras de judíos al cristianismo desde el 313 al 1100 (…) algunos judíos fingieron convertirse desde el 1100 al 1500 (…). En España miles de judíos pidieron el bautismo durante la “tormenta” de 1391. La mayor parte sólo mantuvo una apariencia de cristianismo, pues celebraba de tapadillo los ritos judaicos. El pueblo, que no se engañaba tocante a sus sentimientos íntimos, llamaba “marranos” a estos cristianos nuevos y los evitaba.

Los marranos se caracterizaban, afirma León Poliakov, por la “obsesión del secreto” y por una “doblez inevitable”. Muchos de ellos hasta “ se hacían frailes (…) otros iban a la corte pontificia. Los marranos portugueses, mucho más encallecidos que los “conversos” españoles en la práctica del criptojudaísmo, se derramaron en gran número por toda la península. Sumamente adiestrados en su lucha contra la Inquisición, mantenían en Roma una especie de “lobby” permanente que (…) les granjeaban perdones colectivos…”. Tras la expulsión de Portugal, continúa Poliakov, “una notable oleada de marranos emigrantes arribó a la colonia portuguesa del Brasil (…) Por eso Brasil se llenó de “cristianos nuevos” de dudosa ortodoxia”. “Ser marrano –sigue diciendo Poliakov--  equivalía a estar afiliado a una vasta sociedad secreta de protección y asistencia mutua”, como una especie de masonería o club rotario ante literam [por adelantado]. El marrano era y sigue siendo hoy el más “inquietante y exasperante”, por usar las palabras de Poliakov, que el judío declarado, porque parece ser un cristiano mientras que, en realidad, es un enemigo de Cristo. Y aquí se plantea una cuestión inquietante bastante reciente.

El cardenal Jean Maarie Lustiger, judío de nacimiento y “convertido” al cristianismo en 1940, concedió una entrevista cuando era cardenal a la Agence Telégrafique Juive, que luego fue reproducida por Documentation Catholique del 1º marzo 1981. Expresó en dicha entrevista posiciones teológicas que es imposible no hagan dudar de la sinceridad de su “conversión”.

Empieza por afirmar que  ”la decisión de hacerme cristiano no me pareció una negación de mi identidad judía, sino una afirmación de la misma”. Lustiger habría debido distinguir aquí, aunque no lo hizo, entre el judaísmo mosaico, cuya consumación se da en el cristianismo, y el judaísmo postcristiano, y por ende anticristiano, negador de Cristo, un judaísmo del cual, en cuanto tal, han de abjurar los judíos cuya conversión sea sincera (“no se puede servir a dos señores”, dijo Jesús).

Lustiger afirma en segundo lugar. “¡Proselitismo no! [de la Iglesia para con los judíos, se entiende]. Carece de todo sentido (…). Tanto la fe judaica como la cristiana son una llamada de Dios”. Esta última aseveración, que sitúa en el mismo plano al judaísmo y al cristianismo, es patentemente contraria a la fe católica, que profesa la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, una divinidad negada por el judaísmo postcristiano, por lo que sólo una de dichas ”fes” puede ser verdadera al oponerse contradictoriamente la una a la otra. En cuanto al “proselitismo” que, al decir de Lustiger, “carece de todo sentido”,  para los judíos, quienes disponen, según parece de un corredor privado y privilegiado para llegar a la salvación, observemos lo siguiente: ¿Qué hizo personalmente  Nuestro Señor sino evangelizar a los judíos? ¿Qué hizo San Estaban al precio de su martirio? ¿Qué hizo San Pablo antes de volverse hacia los gentiles? El proselitismo entre los judíos lo inició Jesucristo y lo continuaron sus Apóstoles y sucesores, a quienes había ordenado practicarlo (Luc. 27/47). Y entonces ¿Cómo puede un cardenal de la Santa Iglesia Romana afirma que el proselitismo” entre los judíos “carece de todo sentido”?

Lustiger prosigue: “La vocación de Israel es traer luz a los “goyim” (los no judíos. (…) Creo que el cristianismo es una manera de llegar a ello”. ¡No! La luz es Nuestro Señor Jesucristo (“Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no anda en tinieblas, sino que tendrá luz de vida”), y la “vocación de Israel” se cumplió ya con el “pequeño resto” que creyó en Él. El cristianismo es la única vía para llegar a Él, mientras que el actual judaísmo anticristiano, que  rechazó y sigue rechazando al Mesías y la luz que ha venido a traernos (el evangelio y la Iglesia), “anda en tinieblas” y no puede iluminar a nadie.

Después de haber subordinado el cristianismo a la “vocación” de Israel, que para él sigue estando vigente, monseñor Lustiger persevera in crescendo en sus aseveraciones: “Pienso que, siendo discípulo de Cristo a mi manera…” Asi el mismo a quien Juan Pablo II creó cardenal de la Iglesia Católica, hace aquí una declaración explícita de herejía (del griego airesis: elección) , de ser cristiano “a su manera”, no como  Dios manda, eligiendo en el cristianismo lo que le agrada y rechazando lo que no le conviene o no se aviene con su pensamiento. Esta fe sui generis, que objetivamente no es la virtud sobrenatural de la fe teologal, sino la “fe” de todos los herejes, estaba sobre todo, como Lustiger lo dijo poco antes, en considerar que el cristianismo es sólo una vía para llegar a la luz que emana del judaísmo. Ahora bien, es propio de lo marrano profesar abiertamente una religión mientras practica otra en secreto; de ahí que sea más que lícito preguntarse sobre la sinceridad de la conversión del cardenal Luestiger, que quiso seguir siendo  judío (o mejor dicho un híbrido) incluso en la muerte, como que había pedido antes de morir que se recitara sobre su ataúd, en la catedral de París, la plegaria judía sobre los difuntos (sí sí nó nó,12/2007).

Pero aunque la “conversión” del judío Lustiger sigue siendo incierta, no lo es, en cambio, la influencia ejercida por ciertos judíos sobre el concilio y los papas “conciliares”. Lo reconoció, bien que sin medir todo el alcance de su reconocimiento, el dominico Pierre M. de Contenson, secretario a la sazón de la comisión vaticana para las relaciones religiosas (?) con el judaísmo. En efecto, dicho dominico escribía lo siguiente en la presentación de la edición italiana del libro del judío Jules Isaac, Gesú e Israele: “Tocante a la eficacia (…) de la causa defendida (…) por el autor, basta parangonar sus conclusiones con las enseñanzas de Nostra Aetate y de las Orientaciones del 1º/12/1974 para comprobar que influencia ejerció de hecho: lo que él proponía en 1959 se recogió en sus partes esenciales, se proclamó y se propuso como norma  por parte de las autoridades centrales de la Iglesia Católica en 1965 [con Nostra Aetate] y en 1974 [con las Orientaciones y, peor aún, en 1985 con las ayudas que se mencionaron más arriba” y aquí más que dejarse ver lo que hace es darse a conocer una de las “fuerzas ocultas” que manipularon el concilio y siguen sin dejar de manipular el postconcilio.

LA GAUDIUM ET SPES Y EL SESENTA Y OCHO

Antes de concluir queremos referirnos a uno de los amargos frutos del concilio, amargo no sólo para la Iglesia sino, además, para la sociedad civil. Ya tocamos en otras ocasiones el problema de la Gaudium et Spes en cuanto documento conciliar panteísta y antropolátrico, pero ahora vemos a ver que influyó en la revolución estudiantil que disolvió la sociedad civil, la familia y al propio hombre en las profundidades de su alma  racional y espiritual (sí sí nó nó, agosto 2009, ed. Ital.).

El espíritu antijerárquico del sesenta y ocho, que se cifraba en la consigna “prohibido prohibir”, tenía su correlativo en la aversión conciliar a la curia romana y al primado monárquico del Papa y en la ventolera de optimismo utópico que quería no condenar más y “usar de la medicina de la misericordia más que la severidad” (Juan XXIII). Lo reconoció el teólogo conciliar  René Laurentin “Las reivindicaciones del movimiento de mayo del sesenta y ocho coincidían en buena parte con  las grandes ideas del concilio, en particular con las de la constitución sobre la  Iglesia y el mundo (GS). (…) Por lo demás el Vaticano II había sido ya, en cierta medida la protesta contra la curia de un grupo de obispos comprometidos”. En efecto, muchos exponentes del movimiento estudiantil, como Mario Capanna y Marco Boato provenían de ambientes eclesiales. Capanna llegó a decir, en una entrevista a LÁvvenire (20 marzo 1998): “Pasábamos noches enteras estudiando [en la Universidad Católica de Milán] a los teólogos que entonces se consideraban de primera línea: Rahner, Schillebeck  (…) junto con los documentos conciliares” Roberto Beretta escribe que se descubre al leer los documentos del sesenta y ocho, que están llenos de citas del concilio  (Lumen Gentium y Gaudium et Spes) y  de las encíclicas de los papas “conciliares” (Juan XXIII, Pacem in Terris, y Pavlo VI (Populorum Progressio). 

LA “PRIMAVERA ANTROPOLATRICA” DEL CONCILIO

Mientras no se, desarraiguen las causas remotas (subjetivismo e inmanentismo) de tantos males que se manifiestan de improviso y de manera paroxística en la década de los sesenta no habrá curación de la fiebre que viene corroyendo a la sociedad civil y eclesiástica. Creo que la principal de estas causas es el antropocentrismo.

Pablo VI, pese a que  había pronunciado ya algunos discursos sobre la tragedia de la situación postconciliar en la que hablaba de la “autodemolición de la Iglesia” (…) golpeada por quien forma parte de ella” (Discurso al Seminario Lombardo, 7 diciembre 1968), con todo y eso, volvió a tocar el tema de la grandeza infinita del hombre al pisar éste la luna por primera vez (12 julio 1969), en perfecta continuidad con el irrealista optimismo conciliar y, a la vez, en absoluta discontinuidad con el  realismo de la “autodemolición” que había anunciado. En efecto, dijo en el Ángelus del 13 julio 1969, que el hombre en ese asunto del alunizaje, “se revela como un gigante. Se revela como divino, no en sí, sino en su principio y su destino. Honor al hombre, honor a su dignidad, a su espíritu, a su vida”.

No es, ciertamente, la coincidentia oppositorum, la continuidad en la discontinuidad, lo que hará entrar en seso al ambiente eclesial devastado por la “primavera antropolátrica del concilio”. Es menester volver realmente de hecho, y no sólo de palabra a las verdaderas fuentes del catolicismo teocéntrico tal y como se hallan  en la Tradición y en las Escrituras, unas fuentes que la Escolástica examinó a fondo (especialmente Santo Tomás) y  de las que se sirvió constantemente en el magisterio  tradicional de la Iglesia hasta Pío XII.

Las medidas a medias las medias verdades, la “sola missa” no bastan para curar un cáncer. “A grandes males grandes remedios”. No bastó decir, en el pasado, “el humo de Satanás ha entrado en el templo de Dios” (Pablo VI) y luego seguir obrando como si no pasara nada, y   hoy no basta afirmar, sin demostrarlo,  que el Vaticano está en perfecta sintonía con la Tradición apostólica. Es menester probarlo porque Quod gratis affirmatur gratis negatur [“lo que gratuitamente se afirma gratuitamente se niega”]. Ahora bien, no hay pruebas serias de tal sintonía entre ambos, mientras que se han brindado muchas de su oposición (comenzando por el Breve examen critico del Novus Ordo Missae que le presentaron a Pablo VI  los cardenales Ottaviani y Bacci, y  que aún espera respuesta).

CONCLUSIÓN

El texto del Padre Gabriele  Allegra que citamos al comienzo de este artículo nos hace comprender la gravedad preternatural de la situación en que nos han puesto el concilio y en el postconcilio. Ahora bien, humanamente hablando, llevamos las de perder a la hora de combatir a un enemigo tan poderoso; pero con ayuda de la Virgen María ”debeladora de todas las herejías, podemos volver a “ver la estrella”.

Sólo el inmenso castigo profetizado por la Virgen de Fátima podrá sacar del estado en que yacen una humanidad y un ambiente eclesial tan degradados: Portae infieri  non praevalebunt: “Al final triunfará mi corazón inmaculado”. No sabemos dónde ni cuándo ni cómo, pero estamos seguros de que ganaremos con creces. +

GREGORIUS.

 

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