Fragmentos del artículo del profesor
Alberto
Falcionelli
Donde expone profundas reflexiones sobre el tema que nos atañe decisiva y
dolorosamente.
“HABLANDO DE
DEMOCRACIA”
(Publicado
en la revista VERBO, Nº 176, de septiembre de 1977.- Lamento, por su extensión, no transcribir el artículo
completo. Marqué con negritas las frases más esclarecedoras de los párrafos.
Entre corchetes notas del profesor Falcionelli).
“La democracia es la esperanza del mundo”; F.D.Roosevelt
“La democracia salvará a la democracia”, (xxx, chileno)
“El drama de nuestro tiempo no es que haya muchos
idiotas.
Siempre los hubo.
Es que ahora, los idiotas piensan”. Jean Cocteau.
E
|
n completo acuerdo con el prusiano Ernst von
Salomon, no uso el término “democracia” sino cuando no me queda otro remedio,
pues nadie logró jamás darme su sentido exacto, ni siquiera el mejor dotado de
los portadores de la Ciencia Política contemporánea. De tal suerte, a pesar de
la prescripción fulminada por F.D.R. con absoluta determinación religionaria, a
pesar de los dichos emitidos, inter
pocula cynicorum, por Winston Churchill, ninguna glosa teórica, ninguna
constancia histórica, filosófica o sociológica logró persuadirme que la
democracia es “la esperanza del mundo”, o aun “el menos inaceptable de los
sistemas políticos, por poco satisfactorios que todos resulten”, ni siquiera de
que se le pueda descubrir un comienzo de definición. Su signo invariable, un signo negativo reñido con toda realidad, con
toda lógica natural, es la indefinición y, por vías de consecuencia, la
desunión. Lo cual me lleva a suscribir sin vacilar lo que sostenía el
Cardenal Richelieu: “La salvación de las almas se cumple en el Cielo, la
salvación de la Ciudad se cumple en la tierra”; y, a los tres siglos largos, a
quedarme con el tan poco académico miembro de la Academia Francesa Jean
Cocteau. (pg.28).
Incluso lo que los doctrinarios y los
profesionales de la política llaman “democracia pluralista” –en la que todas
las supuestas bondades de ese polifacético hallazgo deberían encontrar su punto
óptimo de conjunción- es justamente esto: indefinición y desunión.
Para comprobarlo, sería conveniente
referirnos a los compases finales de la segunda guerra y a sus secuelas
ideológicas todavía actuantes y aun deletéreas, si cabe, que en aquellos
tiempos aciagos…
Con la derrota del Eje –por favor, dejémonos
ya de rumiar pamplinas como ésa de “Cruzada común delas democracias contra el
fascismo”- la palabra “democracia” no ha dejado de llenar discursos, tratados, editoriales,
de ocupar tribunas y tribunales, de invadir todos los instantes de nuestra vida,
de irrumpir, sin la menor causa aparente, en lo rincones más secretos de
nuestra intimidad, de imponernos el método exacto para que seamos ciudadanos decentes. Quien –usted y
yo- sentía y vivía, por así decirlo, como la buena gente, democráticamente,
esto es, sin darse cuenta de ello, porque no lo hacía por inspiración
ideológica, sino por buena crianza y cordialidad natural, se vio colocado de
golpe ante la obligación insoslayable de proclamarse democrático a voz en
cuello desde los tejados, de acariciar con sus berridos democráticos los oídos de los nuevos Catones (y de sus
huestes armadas, para evitar lo peor), demostrarlo incluso en su modo de vestir
y en su trato selectivo con sus vecinos y sus familiares mismos. A partir de 1945, todo ciudadano ha sido
medido con el metro de la democracia, que era, y sigue siendo, el único metro legalmente
registrado. Todo centro cultural,
toda asociación profesional, toda sociedad de fomento o de beneficencia tuvo y
tiene que adornarse con esa calificación. En esto, se ha ido más lejos aún que
en la época del fascismo, del que, por lo demás, sería razonable, de una vez
por todas, y para una correcta inteligencia del tema, que dejaríamos de
confundirlo con el nacional-socialismo y con el mismo totalitarismo en sí.
Pero, en aras de la irrenunciable religión democrática, la confusión se ha
cumplido: derecha=fascismo; fascismo=nacional-socialismo:
nacional-socialismo=horno crematorio; y como derecha=nacionalismo, nacionalismo
=genocidio. Genocidio y horno
crematorio, derecha, nacionalismo y fascismo son términos intercambiables que,
todos, expresan idénticas manifestaciones del mal en la tierra. Por consiguiente la democracia es el bien, y
el bien es la democracia.
En efecto, desde hace más de treinta años ya
¿qué han sido de nuestros países? Democracias, y por añadidura, democracias
“duras y puras”. ¿Porque nuestros países se empeñan en tener eso que llaman
“política exterior”, suscriben alianzas, o las ponen en hibernación? Para
salvar la democracia. ¿Porqué Inglaterra, Francia, España, Portugal, tras
haberse liberado de “la carga del hombre blanco” se someten a la obligación, al
deber, de distribuir miles de millones de dólares a sus antiguos protegidos de
color? Para encauzarlo hacia la práctica de la democracia. Que lo que queda
–quiero decir, el país mismo- vaya deslizándose hacia la crisis latente y aún
la catástrofe económica y social, que estos antiguos centros de civilización se
reduzcan mientras tanto a meras expresiones geográficas. Cuando no a colonia
financieras de sus ex “esclavos” petroleros, ¿qué más da, con tal de que la
democracia esté a salvo?
Con todo, y en suma, ¿de qué democracia, de
qué defensa de la democracia, de qué educación democrática se trata?
Porque democracias y métodos democráticos,
hubo y hay en cantidades incontables. Se los concibe y propugna de modos tan
disímiles que ni siquiera Dios Nuestro Señor, si fuese democrático, reconocería
a los suyos. Intentemos ensamblar las distintas afinidades.
Tenemos la democracia laica o laicista, o aun masónica, más bien conservadora
–de lo suyo, claro está-, de derivación francesa, modelo 1875, corregida1946 y
1958, algo jacobina, pero con sentido agudo de la propiedad mal habida que,
dentro de pocos años, ha de celebrar su segundo centenario, siendo el “burgués”
1875 heredero directo de 1789. Tenemos la democracia
“progresiva” de derivación [norte]americana, igualmente masónica, pero
puritana, modelo Declaración de Derechos, corregida por no pocas enmiendas en
los cauces contradictorios, aparentemente contradictorios, del populismo y de
la plutocracia. La primera es la del “pueblo soberano”, la segunda la del
“ciudadano rey”. Tenemos la democracia
social, escindida del socialismo, que a comienzos del siglo XX, se hizo
evolutiva –“reformista” decían sus promotores-, buscando ser aceptada por los
gobiernos “burgueses”, aun de forma monárquica,
con sus representantes en el gobierno ministerial ya antes de la primera guerra, que hicieron sus pascuas durante el conflicto al amparo de
la Unión Sagrada, por lo cual Lenin los tachó de social- traidores. Tenemos la democracia socialista que, sumando y
restando, es comunismo vergonzante –durante mucho tiempo socialismo y comunismo
habían sido sinónimos, lo que mermaba su caudal electoral-, pero que prefiere
actuar como partido autónomo, aun aliándose estrechamente con éste para valerse
de su fuerza mientras siga siendo fuerte, o para recoger sus despojos en el
caso de que decline o se derrumbe. Tenemos, pues, la democracia popular, esto
es, totalitaria, dictatorial y despótica, pertenezca su jefatura a un Jefe
Genial o a una dirección colegiada, con todas las variaciones dialécticas
imaginables, que van del masivo “culto de la personalidad” al extravagante
hallazgo del “eurocomunismo”, del “centralismo” al “policentrismo”
(democráticos, por supuesto), con la constante del partido único en su filigrana
permanente. Tenemos la democracia
cristiana, que dio sus primeros pasos a partir de la segunda mitad del
siglo XIX con el membrete de “catolicismo liberal”, primero, del “cristianismo
social” luego, ambos de filiación lamenaisiana, esto es socializante y
antiliberal, al tiempo que portadora de la pretensión de reconciliar Religión y
Revolución, con sus especialidades francesa, alemana, belga, italiana, chilena,
venezolana, etcétera. Y ahora tenemos la “democracia
orgánica”, de la que nadie sabe lo que es en realidad más que atrae a no
pocos elementos antiguamente “de derechas” y aún “fascistas” que han creído
descubrir en esta nebulosa un salvoconducto capaz de proporcionarles alguna
aceptación en la sociedad política contemporánea. (pg.31)
Todas democracias. Pero ninguna se parece a
la otra. Se oponen incluso entre sí,
tanto en su fundamentación “ideal” como en su actuar práctico: unas más que
otra cosa, quieren ser método
pragmático, es decir libre discusión y organización electoral fundada en el
concepto de mayoría; otras, sustancia más social que política, que puede
llevar, y de hecho lleva, a la negación del pluralismo. Todas orientadas por lo que les llega desde afuera, de donde
esperan recibir el santo y seña que les dé apariencia de vida propia, cuando ésta
no es sino vida refleja; unas desde Estados Unidos; otras desde la Unión
Soviética; y algunas, desde el Vaticano. Más que cualesquiera otros, los
mancomuna en lo único que tengan claramente programado de acuerdo tácito, el
antifascismo, visceral o imitado, o, mejor dicho, una idéntica “vocación
antifascista”.
[…] Es innegable, en efecto, que todas las
fórmulas democráticas, incluidas las “moderadas”, al tiempo que denuncian para la
reprobación universal al extremismo de izquierda –es decir, guerrillero y
terrorista, filial del comunismo y del socialismo tácitamente unidos con vista
a la conquista y a la conservación
del poder-, nunca atribuyen la
responsabilidad de sus actos al PC y al PS, oficialmente reconocidos como
democráticos, esto es, como congénitamente decentes, sino a grupúsculos
cismáticos y anarcoides, sin aceptar ver en ellos la prolongación armada de
dichos PC y PS, que es lo que son en realidad. Pues dichos actos solamente
sirven para los obstáculos todavía existentes en el camino de la conquista del
poder para uso y consumo exclusivo del único que sea capaz de conservarlo. (pg.32).
[…]
Porque, a fin de cuentas, para estos caballeros, incluidos los marxistas-leninistas,
la única derecha con plenas facultades
políticas es la derecha económica, que es la que se encarga de los grandes
negocios, por cuenta de todos los demás, con el comunismo soviético y chino.
La otra, o sea, la derecha nacionalista, que es pobre, siempre es “extremista”,
y por ende, virtual y fácticamente “terrorista”, pues no espera más que una
oportunidad para poner en marcha hornos crematorios actualizados. […] Y esta
última es la razón por la cual, desde
todos los horizontes democráticos, aún desde los ”orgánicos”, se le disparan
flechas envenenadas a Aleksander Solzhenitsin, a partir del momento en que se
ha descubierto que su oposición al régimen soviético no arranca de un
“idealismo” liberal tipo Revolución de Febrero, esto es, democrático y
masónico, sino de un inconmovible tradicionalismo, ortodoxo, nacionalista y
monárquico, o sea, de un amor muy realista
por el legado inconmovible de la patria rusa.
[…] En política, como en toda relación del
hombre con la especie y con el Creador, lo
que más aborrece la democracia es la unidad, porque la unidad presupone permanencia de la autoridad, respeto de la jerarquía,
culto atento y despierto de la verdad. Y la verdad no puede ser más que
una. Exige, para empezar, conocimiento del bien y del mal y, luego, buen uso de
ese conocimiento para combatir al mal y para contrarrestar su acción de
oscurecimiento y de disgregación. La
democracia, matriz de la Revolución, es un tósigo universal, aplicable a
cualquier organismo en cualquier circunstancia de tiempo y de lugar, y su fin
es el desmembramiento de la Ciudad a pesar de ella misma, por encima de sus
defensores naturales, mediante la paralización homeopática de sus moradores.
Con su facultad perpetua para la mutación, que le sirve de cortina de humo y le
permite revestirse de todos los disfraces, aun de los más tentadores, es
indestructible en su esencia demoníaca. […] En efecto, cambia de piel apenas se descubren sus
intenciones, y se reserva para intoxicar por etapas sucesivas la sociedad
nacional que quiere conquistar y, cuando ha logrado desunirla aislando a unos
de otros los centros de resistencia sobrevivientes, deja paso a la Revolución,
cuyo objeto es destruirla en su totalidad inmanente y trascendente. De suerte
que, como la Revolución es satánica en
su esencia (esto lo dijo Joseph de Maistre, otro “reaccionario”, de esos
que tanto les gustan a los señores Frei y Zaldívar)), la democracia es intrínsecamente perversa por obra de su
preparación. No en su formulación teórica –que nadie logró jamás precisar
porque la indefinición es el medio más eficaz para la desunión-, sino en su
acción difuminada que es la del tumor que, paso a paso, invade el organismo
entero arrastrándolo a su eliminación final por la metástasis revolucionaria.
(pg.35).
[…] No, la Revolución por sí sola, sino la
democracia en sí es el cáncer cuyo agente de difusión evita consultar a quien
podría curarlo y, por el contrario, se empeña en eliminar a todos los anticuerpos
que serían capaces de impedir su progresión.
[…]… al organizarse, cualquier sistema
político tiene que rechazar la tentación democrática, o dejar de ser
democrático: la democracia, que es desunión, crea por vías de consecuencia
conflictos permanentes entre los diversos estamentos sociales y entre los
individuos pertenecientes a estos estamentos mismos. Su tarea consiste en desarticular las unidades naturales, oponiendo
a sus miembros entre sí, levantando vallas infranqueables entre las
colectividades profesionales y regionales, y terminando con lanzar a estos
individuos desamparados, a estas colectividades sin proyecto común, al asalto del
Estado. Y el Estado es el organismo tras el cual el comunismo los espera a
todos. Imposibilidad congénita de definirse, allí está el eslabón perdido y
todavía sin encontrar pese a las técnicas más refinadas de la “politología”
contemporánea; eslabón cuya ausencia torna imposible cualquier especificación
valedera de toda forma inimaginable de democracia, por cuanto impide que vuelva
a reunirse lo que era naturalmente unido.
Tan antifísica como la democracia
representativa surgida del proyecto liberal, es la democracia llamada popular,
pese a que ella sea una empresa de reunión total que, por lo demás, únicamente
busca y alcanza el objetivo que se ha fijado; sumisión de todos en el terror
suministrado desde arriba sin interrupción. [pg.37]. “Gobierno del pueblo, por
el pueblo, y para el pueblo”, tal sería una fórmula realmente democrática, en
el caso que pudiera encontrar algún medio para concretarse en el terreno de la
política práctica…, Semejante gobierno
nunca existió, no existe, ni existirá jamás, simplemente porque no podría
existir. Cada vez –muy pocas- que hubo un gobierno definido y reconocido
como democrático y empeñado realmente en gobernar “para el pueblo”, pudo ser
“del pueblo”, durante un tiempo, pero nunca “por el pueblo”. Dejémonos de
referencias a las democracias griegas que fueron, o bien oligárquicas, como la
ateniense, o bien elitista y totalitaria como la espartana. (pg.38). En cuanto
a las Comunas italianas de la Edad Media fueron tan cerradas, para uso de la
burguesía dominante, como las ciudades de la Liga Hanseática. El pueblo estaba tan
ausente se sus determinaciones que acabó rebelándose y optando por el
principado o la monarquía que, si bien no fueron gobiernos del pueblo, muy a menudo
fueron para el pueblo y con el pueblo.
El juego de espejuelos por el que “el pueblo
gobierna por intermedio de sus representantes”, sigue siendo, a los doscientos
cincuenta años de su descubrimiento por los whigs
y los tories, un puro teatro de ilusiones; los representantes en la medida en que
gobiernan, o controlan efectivamente los actos de sus delegados en el gobierno:
1.- no representan sino una parte
del pueblo (teóricamente la mayoría), y pasan simplemente por alto la voz, la protesta o la simple expresión de
deseos de la otra parte (la minoría) y, por
consiguiente, pueden valerse únicamente del consenso de un sector,
limitado por mayoría que sea, de la
sociedad política; 2.- toman
decisiones, frecuentemente dramáticas como una declaración de guerra o la
cesión de parte del territorio nacional, sin consultar previamente, no sólo a
los representantes de la oposición, cuyos electores son tan movilizables como
los del oficialismo, sino tampoco a sus mismos representados; 3.-
eliminan de funciones vitales, o reducen a tareas desprovistas de
utilidad real, a servidores del Estado, civiles y militares, no pocas veces muy
eficaces en su oficio a quienes sospechan de espíritu de oposición y, por ende,
de segundas intenciones eventualmente molestas para sus fines electorales.(pg.
38).
[…] la única forma de democracia que pueda
jactarse de conformar el “gobierno de todo el pueblo”, democracia perfecta,
pues, es la soviética, o mejor dicho, la comunista. En ella, la voluntad
unánime del conjunto social se resume en la del “legislador” de turno, emanación
mágica de la voluntad general descubierta por Juan Jacobo, y finalmente
fecundada por Lenín, Stalin, Jrushchov, Brezhnev, Mao-Tse-Tung, Fidel Castro,
Hua Kvo-Feng y otros remanentes de presidio, o de sanatorio, tipo Idi Amin
Dada, con sangrías ininterrumpidas de “enemigos del pueblo trabajador”. Pero sobre la base de consultas recurrentes
del pueblo trabajador, previamente amaestrado a tiros o a reducidas dietas alimenticias.
Esta es la verdadera democracia, la democracia auténtica, la “democracia
popular”, que es la democracia total, vale decir, la “democracia totalitaria”. (pg.39).
[En la URSS se
vota a una sola lista, pero con dos urnas que, en la mesa electoral
estrictamente vigilada por los mastines de KGB, se brindan, al alegre votante,
una con el cartel “Si”, otra con el cartel “No”. Quien coloca su sobre en la
segunda sabe qué es lo que le espera a la salida. De este modo, sin tantos
líos, se logra “el gobierno de todo el pueblo”].
[…] Cuidadosamente lucubrada en el cauce,
sea de la trampa de las urnas de doble
fondo, sea en el “fraude patriótico” – y siempre en la filigrana de las
promesas menos realizables de las que todos, electores y candidatos, saben de
antemano que no serán mantenidas-, o bien a
través de la corrupción plutocrática; paulatinamente llevada a su
cumplimiento más completo por el tiro en
la nuca y el horno crematorio, la
democracia es el triunfo de la envidia personal (no del pobre por el
rico puesto que aquél lo admira a éste y ve en él a su protector natural cuando
sabe que su fortuna es “bien habida”; sino, sin tanta distinción de clases, del
fracasado por su igual con suerte); es el imperio del resentimiento y del odio
universal. (pg.40).
[…] La democracia es un modo concatenado de
ejercicio del poder que tiene su conclusión lógica, casi diría, natural, en la
teoría vesánica de una pandilla de criminales que nos vigilan a todos, estilete
entre los dientes, garrote en una mano, jeringa inyectable en la otra. Que tal
es la etapa final de toda democracia, demoliberal, social, cristiana u orgánica
(pg. 41).
[…] La democracia liberal reserva sus favores
a sus clientes y libertos que, con las migajas de gadget renovable, se declaran
satisfechos; la plutocracia colma de beneficios vistosos –con la facultad de
cortárselos a la primera señal de independencia- a sus sirvientes y agentes incondicionales,
que son gente, que por lo general nunca vacila, ni siquiera ante la traición a
la patria, cada vez que ello resulta provechoso para sus amos. (pg. 41).
[Los ejemplos
podrían multiplicarse hasta el infinito, de la Revolución Francesa en adelante,
esto es, desde el ginebrino Necker y los girondinos financiados por la alta
banca calvinista, hasta los socios del Club Bildelberg y los agentes de la
mafia Graiver-Gelbard, pasando por los prohombres visibles de la Revolución de
Febrero, sirvientes pasivos de la gran banca francesa, inglesa y americana (
protestante y judía), y por la misma pandilla leniniana copiosamente rociada
por el grupo Warburg-Schiff-Loeb (americano?) y el sindicato (alemán?) westfalo-renano
de Walter Rathenau…].
[…] Ahora bien, a partir del momento en que
desapareció la única forma legítima de
poder, la monarquía tradicional, es decir, autoritaria y jerárquica, no
existe otro modo, no diría ya de salvación, sino de postergación del desastre,
fuera de la intervención del soldado. Recurso desesperado y que, demasiado a
menudo, aparece en sus efectos mediatos como un parche sobre una pierna de palo…
(pg. 42). Con todos los errores que ha cometido en el pasado por culpa de su
miopía “profesionalista”, a él, y solamente a él, los pocos que seguimos siendo
libres le debemos nuestra libertad. Ayudémoslo, por el contrario, a repensar la
esencia de su misión en la nación y en el Estado. Animémoslo a admitir que, si
quiere realmente restaurar y reconstruir la sociedad nacional que le toca
proteger contra el enemigo interno más que contra el de afuera, su poder tiene que ser autoritario,
duradero y “comunicativo”. Tendrá
que darse cuenta algún día de que autoridad no significa autoritarismo, sino
jerarquía y comunicación, o sea concordia (pg.43).
[…] Y pese a su desamparo económico, que no
es subdesarrollo intelectual, nadie detenta mayores recursos que el hombre
latinoamericano si se empeña en ponerlo histérico, paranoico, y al borde del
chaleco de fuerza al superdesarrollado gadgetívoro yanqueeman…
No, en verdad, no existe relación posible
entre ellos y nosotros. Solamente existe una confusión deliberadamente
planteada entre sistema de autoridad y
totalitarismo, entre gobierno militar
y “fascismo” (acerca de cuya naturaleza real habría que ponerse de acuerdo
de una vez por todas), entre nacionalismo
y horno crematorio. Pero este es ya un cuento viejo, que no logra excitar a
nadie. La verdadera confusión es la que
se ha ido creando e imponiendo entre “democracia” y “libertad”, entre
“libertad” e “igualdad”, entre “igualdad” y “fraternidad”. Porque aquello
que nosotros queremos evitar es la esclavitud totalitaria que toda fórmula
pretendidamente democrática prepara de modo ejemplar. Por lo cual sugiero que
nos dejemos de hablar de “sociedad democrática” y que empecemos a hablar de “sociedad
libre” y a hacerla posible; que nos dejemos de hablar de “igualdad” como un
valor sacrosanto, y que empecemos a hablar de jerarquía, o sea, de la “necesidad de la desigualdad”, que es una
condición natural que se cumple, ya que no más por derechos de nacimiento, por
mérito surgido del servicio prestado a la comunidad a la que pertenecemos; que
nos dejemos de hablar de “fraternidad”, madre exclusiva de las guerras de
infierno y de las matanzas masivas de la
edad contemporánea, y que empecemos a hablar, en serio esta vez, de bien común,
un bien común que, de ser claramente entendido y lúcidamente programado, se
extiende de la nación a la comunidad internacional.(pg.50).
Pero esa relación existe, y muy fácil de
comprobar, entre las distintas familias del superclan democrático, desde la
liberal festiva, que promete prosperidad y paz a todos y no las da a nadie,
tirando huesos y migajas a quienes aceptan servirla incondicionalmente cada vez
que hay elecciones y se callan mientras tanto, hasta la totalitaria,
eufemísticamente llamada popular, que
actúa dondequiera logra asentarse, como ejército de ocupación y explotación;
pasando por la plutocrática, que se reserva a sí misma festividad y
prosperidad, valiéndose para sostenerse del apoyo “consumidor” de la popular
(entregas de bienes de capital, de tecnologías, de plantas fabriles, de materia
primas estratégicas, de alimentos a precios de cambalache) y éste es un asunto viejo que arranca con las financiaciones de las
revoluciones de Febrero y de Octubre por los Schiff, Warburg, Loeb, Rathenau,
etecétera, y encuentra su culminación en el sostenimiento de las guerrillas por
las empresas Graiver/Ber Gelbard, avaladas por bancos belgas, suizos, franceses
y americanos. Ya que el asunto no ha
cambiado mucho desde los tiempos preparatorios ginebrino-calvinistas y
anglo-masónicos de la Revolución Francesa. No ha cambiado mucho, se ha
perfeccionado.
Podemos fundar en axioma que toda democracia
actúa como factor negativo y destructor de un valor que, a través de los
siglos, ha demostrado su utilidad y su buen servicio a la comunidad nacional,
que pretende capturar para ser usufructuaria única de una prosperidad creada en
beneficio de todos. La plutocracia es el negativo absoluto de las viejas
aristocracias, cuyos privilegios se compensaban ampliamente con la obligación
del servicio armado, con el impuesto de la sangre. La democracia “pluralista”
es la inversión total de las monarquías autoritarias que, hablando en términos
actuales eran sistemas de poder
populares y aún sindicales, porque fundaban su legitimidad en el deber de estar
al servicio de todos y en la protección celosa de las libertades corporativas y
regionales, en un modo de sufragio
que no era universal únicamente porque, con él, no se votaba por la
elección de un “nuevo rey”, sino, sin distinción de categorías sociales, por
las representaciones comunales, profesionales y estamentales. La diferencia es
grande, sí pero redunda enteramente a favor del sistema dinástico, por cuanto,
con él, quienes tenían derecho a voto no eran los “privilegiados” de la nobleza
y del clero como tales –lo tenían únicamente dentro de su estamento-, sino los
campesinos, pequeños propietarios y arrendatarios, los artesanos y los
burgueses, comerciantes e industriales grandes, medianos y pequeños, es decir
quienes creaban efectivamente la riqueza de la nación. Los nobles y los
clérigos detentaban privilegios- por lo demás considerablemente reducidos ya a
partir de la segunda mitad del siglo XVII, cuanto menos en Francia, en Italia septentrional,
en el Imperio, en España, en Prusia, y cien años más tarde en la misma Rusia por
obra de las reformas de Catalina-, pero ¿Cuál era el precio de estos privilegios?
El impuesto de la sangre, muy pesado para los primeros ¿pues qué familia de
cualquier rango mobiliario no perdía a muchos
de sus miembros en cada guerra? El de la beneficencia y de la instrucción
pública, nada liviano tampoco, para los segundos, máxime a partir de las
reformas agrarias del siglo XVIII que habían reducido considerablemente las
rentas de los obispados y de las órdenes religiosas. (pg. 51).
[El día en que
nobleza y clero se desunieron, tras la
apertura de los Estados generales de1789, muchos de sus miembros se pasaron al
Estado Llano en un contubernio que so pretexto de Constitución fundada en la “soberanía
del pueblo”, despedazó todo concepto real de soberanía, abriendo el ciclo de las
guerras y de las revoluciones infernales de la edad contemporánea, hasta caer,
de las manos de los marqueses de Lafayette y Mirabeau y del Obispo Talleyrand,
en las del noble de nacimiento Maximiliano de Robespierre y, de allí en
adelante, de las del príncipe Lyov en las del igualmente noble de nacimiento
Vladímir Illich Uliánov, a cuya tropa han acabado aglutinándose el estrafalario
Consejo Mundial de Iglesias, y la lastimosa
pandilla de los “cristianos para el socialismo”. En 1789 había ya “sacerdotes
para la Revolución”, los abates Siéyes, Gregoire, Fouchée, por ejemplo,
precursores de los actuales “democratizadores” de la Iglesia Católica. Todos los
cuales –o casi- entonces como ahora, o ahora como entonces, han acabado
jacobinizándose hasta hacerse terroristas,., inscribiéndose en el Partido
comunista, casándose, divorciándose, etecétera, … Nil novi sub sole].
[…] Rousseau, padre común de la especie, no
hablaba de bien común, sino de voluntad general, pero sabía –y lo dijo en el
mismo Contrato Social- que su consecución era imposible, fuera de la dictadura
de la mayoría, cuyo primer deber consistiría en eliminar, “incluso por la
muerte” a todos los disidentes: el mito de la voluntad general, por
consiguiente, puede concretarse únicamente mediante la dictadura del partido
único que, para imponerse, tiene que sustentarse en la práctica ininterrumpida
del terrorismo de Estado. Pues tal es la facultad innata del Supremo Legislador. (pg. 52)
Otra variante, que no es más que formal:
exactamente como los “humanistas” del marxismo-leninismo, delegados del
“gobierno de todo el pueblo”, esto es del sistema
más totalitario que nos ofrezca la historia, anuncian la extinción fatal
del Estado y, mientras tanto, encadenan a su ciudadano rey en torniquetes día a día más apretados; los portadores del
“pluralismo avanzado”, digamos, tanto Guiscard como Carter, al afirmar que
hablan en nombre de todos sus ciudadanos-reyes, mienten y engañan a los demás:
el primero, elegido por el 51 % de los votos emitidos, con una abstención del 25 por ciento; el segundo, por una
proporción idéntica de votantes, pero con un 45% de abstenciones, no pretenden
llegar a esa ”extinción” del Estado, sino a su “humanización”; por lo cual, como aquellos, lo utilizan para
intervenir cada vez más hondamente en la vida pública y privada de sus
conciudadanos.
Los marxistas-leninistas utilizan, pues, una
delegación enteramente falsificada y no lo disimulan; y la de los pluralistas
resulta averiada desde el vamos, un vamos que va agravándose con el “seguimos”.
Brezhnev, cúpula actuante y pensante de un Politburó
en el que se concentra “el gobierno de todo el pueblo soviético”, esto es, del
Partido-Estado, es el que menos se engaña y que menos engaña. En efecto,
encarna la voluntad, la sed de beneficios permanentes, de 15 millones de
miembros del Partido, con sus clientes, protegidos de las fuerzas armadas y las
tropas de seguridad. Calculando “a lo rico” estamos ante una masa, nada
compacta, por lo demás, de 30 a 35 millones de soviéticos (con rivalidades y conflictos internos
permanentes) que, el susodicho Presidente y Secretario General Leonid Illich
Brezhnev han confiado el cuidado de sus intereses y apetitos que el trabajo
esclavo o semi-esclavo de 230 millones de rusos sirve para satisfacer.
Existe innegablemente una tremenda diferencia
entre el terror permanente, característico del sistema comunista, y los métodos
de corrupción hábilmente dosificados por los portadores del pluralismo. Pero a
los efectos prácticos, mientras la persecución física acaba templando a un
número de almas y las proyecta hacia afuera para la redención de sus hermanos, la desmoralización y el pervertimiento
acarreados por el pluralismo, los embota y desarman de modo irreparable.
(pg. 53).
[…] Mucho más deletéreo es el otro sistema,-
el nuestro- pues logra sobrevivir con sólo poner en práctica las curaciones
menos visibles y detectables el
terrorismo intelectual […]. Al no conformista, que por casualidad o por
milagro, logra levantar la voz, aquí no es necesario inyectarlo, es suficiente
acusarlo de “fascismo” o de “promotor de la reacción” o, simplemente de
“conservador”, y se le cierra a cal y canto hasta las columnas del Telégrafo de Tarancón o del Courrier de Quimper-Corentin, pues la
lectura de sus dichos resultaría menos atrayente que la del precio de la vaca
en pié o de las variaciones del mercado de la remolacha.. Con lo cual, no quiero decir que exista un
metro pensable de comparación entre el ostracismo del que sabe valerse el
Estado de derecho liberal burgués, y los sufrimientos impuestos de una u otra manera
–todas exquisitamente crueles, por lo demás –al disidente del Estado de derecho
proletario. ¡Dios me libre desemejante disparate! (pg.54).
[…] Todo lo que se ha intentado hacer para
bien –o para mal- de los hombre y del Estado se hizo en los tiempos romanos, y
se deshizo
por Roma. Las tentativas ulteriores, a veces coronadas por el éxito, siempre se
han cumplido en referencia total o parcial con lo que Roma había hecho.
[…] En todo esto, y aquí donde nos
encontramos por obra delos puritanos de la Nueva Inglaterra, padres utópicos a
la par que mercantiles de esa maligna criatura que, para obtenerla, no tuvieron
más que fecundar a la inmoralista madre francesa puesta en marcha por el
delirante puritano ginebrino Juan Jacobo Rousseau; allí donde nos encontramos,
digo, el supuesto ideal democrático se
reduce a un mero pretexto, cuyos usufructuarios, y éste es su único
talento, sólo ha sabido ilustrarse en el arte acabado de la mutación. (pg. 55).
[…] La democracia es un medio instrumental
cuyo valor moral para el perfeccionamiento de la especia humana permanece sin
descubrir, más que perdura, para nuestro castigo, como decía el abate Lantaige,
a través de las incesantes mutaciones que no ofrecen más consistencia que las
de la táctica aplicada, desde hace doscientos años, como para encadenar al
hombre en el anonimato de la masificación. Durante estos dos siglos ha ido
sitiando y destruyendo por desmoronamiento interno, muralla tras muralla, y de
una a otra generación. valores seguros que se habían edificado, afirmado e
impuesto a través de los siglos con el toque de prueba de la experiencia
informada en la inteligencia de lo real. Les ha sustituido paulatinamente
proyectos de “valores ideales”, o sea
utopías mutantes que siempre permanecen sin concretar, ni tienen en cuenta
el costo de las experimentaciones cumplidas fuera de toda posibilidad de
retorno sobre el cuerpo social, es decir, en el alma de los hombres como si
fueran pruebas de laboratorio cuyo fracaso afecta solamente a elementos
desprovistos de vida propia colocados en la probeta. Pues contrariamente a lo
que sucede en la química o en la física experimental –en las que las pruebas
pueden repetirse hasta el infinito sin riesgo para el fin buscado-, con esas
experimentaciones efectuadas sobre el hombre y la sociedad, estos podrán seguir
viviendo, pero mutilados de un órgano o de una función arrancadas de modo
irreparable. Porque estos utópicos reformadores sociales –politólogos,
antropólogos, sociólogos, psicólogos- no admiten ningún llamado de atención,
ningún desmentido por cruelmente que surjan, sobre todo si provienen de quienes
pueden dominarlos, sea por una inteligencia natural superior, sea por una
preparación intelectual asentada en una larga tradición familiar de mando y de
servicio.
De allí, el camino es corto para las
proscripciones sociales, las exclusiones profesionales, la inscripción en el
libro negro de la indignidad nacional a expensas de los no conformistas. Camino
poco original, por lo demás, pues de todos modos perpetuamente vuelto a pavimentar
en previsión de cualquier oportunidad. Esto
hicieron la Cruzada común de las democracias, sus gorilas y acompañantes de la
mafia intelectual: Giovanni Gentile asesinado por la espalda, sin que su
compañero de juventud Benedetto Croce lo encontrara demasiado escandaloso; Ezra
Pound, encerrado en una jaula para que los ilustrados MP del “ejército” yanqui
lo cubrieran de escupitajos, antes de que se lo encerrara durante catorce años
en un manicomio (y que Carter se escandalice por la existencia de hospitales
psiquiátricos en la URSS); Roberto Brasillach, fusilado por “traidor”; Charles
Maurras, condenado a la celda con segregación
por “inteligencia con el enemigo”; Maillol, despachado a martillazos,
final lógico para un escultor; Montherlant, Morand ,¡y cuántos más! Obligados a
buscar refugio en el extranjero; centenares de rusos anticomunistas entregados
a Stalin por orden expresa de Truman y Churchill; pero, ¿cómo se llama el
financista que sufrió algún contraste por haber contribuido a la construcción
del Muro del Atlántico? No lo busquen. Están haciendo opíparos negocios en la
URSS y en China popular, aun cuando sepa que, allá, el trabajo esclavo es la
fuente principal de la plus-valía que él comparte con el gang del Partido. (pg.
57).
Y así son los príncipes de la democracia
moderna, Jimmy Carter con sus derechos humanos entre los dientes, Valéry
Giscard con su asmático “liberalismo avanzado”. Sedimentos sucesivos que todos
brindan como modelos uo to date para
que el mundo que se cree libre se deje socializar sin resistencia con vistas al
“entendimiento perpetuo” con el Este, o sea, a su “inevitable integración” en
el imperio de Brezhnev. (pg.58).
[En ciertas
circunstancias, no tan excepcionales como la buena gente se figura, la democracia
pluralista no excluye la eliminación física del opositor demasiado coriáceo, ni
siquiera el recurso a las matanzas masivas, que no son privativas del jacobinismo
robesperiano, son sus “columnas infernales” de Vandea, Bretaña, Provenza, etcétera,
no del bolchevismo Lenin-staliano, y si es menester, jrushchoviano y
brezhnevisno. De Gaulle, salvador de la República, se mostró tan conducente
como los Grandes Antepasados al “legitimar” la ejecución somera de más de
100.000 franceses en los tiempos de la “liberación”, y de algunos más con los
fidelísimos hatkis
musulmanes (150.000) a consecuencia de lo tratado en Evian. Así como el ciudadano Robespierre había hecho
cortar la cabeza de André Chénier, único poeta del desolado s. XVIII francés,
él hizo fusilar a Roberto Brasillach, tras haberse valido de una treta
realmente canallesca: como el poeta se escondía, hizo encarcelar a su madre;
Brasillach se entregó inmediatamente y terminó ante el piquete de ejecución.].
[…] Pese a lo cual, y dejando escapar una vez
más las mejores oportunidades para ayudar a los rusos y a los chinos a
sacudirse de encima la tiranía que los oprime, nuestros democráticos príncipes
siguen apreciando al comunismo como el único “interlocutor valedero”, como
decía la Grande Andouiulle de
Colombey. Porque han decidido, de Carter a Giscard, pasando por Adolfo Suárez y
demás astros de la galaxia democrática, socializarnos
a todos, nos guste o nos repugne. Esta operación es la que Thomas Molnar [“Le Socialisme sans visage”] llama Socialismo
sin rostro, definiendo su propósito como sigue: “Mi tesis es que Occidente,
con las formas políticas engendradas, formuladas y practicadas por él, está en
vía de una rápida decadencia. Conjuntamente, las tesis anexas desarrollan la
proposición de que el mundo no occidental, Tercer Mundo e imperio comunista
para usar expresiones consagradas, se segrega del modelo occidental y se
encamina hacia lo que yo llamo Monilitismo. Arrastra tras él a
Occidente, y, por lo demás, Occidente lo empuja a ello, porque hemos llegado al
punto extremo de los grandes principios que dominan el planeta desde hace
cuatro siglos”.
Nuestro mundo, prosigue, deriva más que
evoluciona hacia un socialismo monílítico y tentacular, un socialismo sin
rostro, sin precedente histórico conocido, al que nos prepara desde hoy en la
ciudad la omnipotencia subversiva, inorgánica y anticonstitucional de las
feudalidades. Un Estado neo-feudal, es decir, en el lenguaje del siglo XX, el
Estado sindical y tecnocrático”.
Pero la realidad del poder, comenta otro
analista [H. Keralty, Itinéraires, 1977], “ha cambiado de formas y de manos. Es
necesario haber egresado de la Escuela Nacional de Administración (como
Giscard, Chirac…) para no comprobarlo. Son
las nuevas sinarquías financieras y sindicales, los media, los partidos que
ocupan hoy su mayor porción de poder: no sólo sobre los espíritus, sino sobre
lo que queda de instituciones sociales, fuera de las cuales los derechos y las
libertades de los individuos no encuentran más garantías… El asalto de las
nuevas feudalidades, de grupos de presión salvajes, pero suficientemente
poderosos como para introducirse por doquiera, ha desnaturalizado la noción
misma del gobierno de los hombres y de la ley civil que ya no se aprecian como
protecciones, sino como amenazas, que provocan la huida de los ciudadanos en el
incivismo y la marginalidad”.
Ahora bien, un fenómeno espectacular y, en
cierto sentido, absolutamente único, es que esta quiebra de las instituciones
tradicionales, desde arriba hacia abajo, no ha engendrado en el mundo social el
nacimiento de un orden nuevo. Tratase de la familia, la escuela, la Iglesia, el
ejército, la policía, el parlamento, cada una de estas instituciones subsiste,
como en superficie, en el tejido social, y sigue incluso desempeñando en él una
función: subsiste no para realizar su propio fin … sino como correa de
transmisión de la ideología “liberal-igualitaria”, que sueña con destruir de
este modo, y a gastos mínimos, todo el ensamblaje, todas las jerarquías necesarias para la permanencia del lazo social,
según el orden natural. “Allí, la institución aliena cada día más sus
razones de ser hasta el punto de cambiar de definición”. (Keralty) (pg. 61).
“En lenguaje filosófico, se podría decir que persistir
en su propio ser se ha tornado actitud
superada, y que la tendencia actual de estas instituciones es dejarse
llevar por el devenir. En la realidad
cotidiana ello se traduce por una desestructuración, por una carencia,
finalmente por una dimisión de la autoridad que la conserva aún en grado
suficiente, ¡que paradoja!, con el fin de abolir sus propias funciones. De este
modo, la autoridad no se cede, como acontece en las revoluciones, lo que
permite el surgimiento de otra autoridad, de otra institución: la institución
actual parece tener por tarea primordial su propio desmantelamiento, su
auto-extinguimiento” (Molnar, pg. 62).
Es que el liberalismo ha sabido aislar,
desarmar al individuo en la masa informe de una sociedad horizontal y
desvitalizada; ha sabido entregarlo a las pasiones anónimas del poder cultural,
él mismo verdadera teoría del Estado. Tanto que, en el universo social utópico
donde nos encontramos sumidos con él, el hecho mismo de gobernar se percibe
como una contradicción lindante con lo intolerante; una contradicción tolerada
únicamente a título provisorio, contractual, donde el personal del Estado sigue
siendo servidor fiel de la religión dominante impuesta por las feudalidades, y
limita toda su ambición a una suerte de gestión de los progresos (o recesos) de
la economía”. (Kéraly).
[…] Este es el desahogo de un hombre
habitualmente educado en sus expresiones escritas, pero harto ya, y hasta los
topes, de los dichos y pronosticaciones que ha tenido que aguantarse, desde los
del cretinísimo marqués de Lafayette hasta los del guenialniy mariscal Brezhnev, con todos los que han preferido entre
medio de dos siglos a esta parte; o sea, de la Declaración de los Derechos a la
Doctrina de las Soberanías Limitadas, incluyendo a don Carlos Marx y a sus secuaces laicos y tonsurados, así como a
todos los demócratas del montón europeo y americano.
Para poner término a este estallido de
impaciencia me permitiré unas breves definiciones, algo menos efervescentes:
1. + “La democracia no
salva a la democracia”, porque la democracia no merece salvarse en ninguna de
sus situaciones, actuales o previsibles. Con mis excusas a los promotores de la
“revolución en libertad”.
2. + Lejos de salvar a
la democracia, toda democracia se destruye a sí misma mediante sus propias
instituciones, a menos que sus portadores esperen hacerla sobrevivir ayudándola
a integrarse en la democracia popular.
3. + No existe nada
peor que el comunismo; y el método más adecuado para combatir esta peste,
bestial en su enunciado teórico a la vez que sofisticada en su expansión
metódica, es el anticomunismo, para empezar. Y que me perdone el señor Frei…
4. + “El comunismo es
intrínsecamente perverso”. El Papa Pío XI fue quien lo proclamó. Aún cuando el
demócrata cristiano D. Andrés Zaldivar finja haberlo olvidado. Se lo recuerdo
porque, como católico, yo creo en la redención.
5. * Fascismo hubo uno
sólo, el de Mussolini, y no fue un sistema despótico, sino autoritario y
jerárquico, lo que hace del nacional-socialismo su lamentable caricatura, pese
a lo que afirmaban Franklin Delano Roosevelt, sir Winston Churchill, y siguen
pensando los más arriaba nombrados, y algunos más…
6. --- No el
Estado-nación, sino la Patria-nación es el único camino para que alcancemos la
concordia, la verdadera concordia que, desde adentro, irradia hacia afuera.
Dios fue quien la creó. A nosotros nos toca honrarla, como reza el Cuarto
Mandamiento, porque es la tierra de nuestros padres.
7. --
El culto del
pasado no es un recurso nostálgico ni una forma de escapismo. Es fermento
activo de supervivencia y de conservación de lo permanente a través de lo
contingente.
8. - En toda
organización que quiera restaurar a lo hondo la comunidad nacional, la
presencia de la oposición es indispensable, pero su fin es concurrir al logro
de la concordia, fuente necesaria del bien común.
9. - Dejémonos, pues
de hablar de democracia, factor de desunión nacional y universal. Hablemos de
sociedad libre, y edifiquémosla, cueste lo que cueste.
1-.
El ecumenismo es
una endogamia religiosa sin otra salida fuera de la esterilidad. Volvamos a
hablar de unión de las Iglesias, única fuente de reunión en Cristo Nuestro
Señor.
1-.
La desigualdad no
es un mal, es un dato creado y, por consiguiente, un medio para el bien social
e individual. La igualdad es horizontal, o sea, factor de desmembramiento al
tiempo que de masificación. La desigualdad es vertical, es decir, factor de
variedad en la unión.
1-.
El mundo en que
vivimos no es un mundo neo-pagano; los paganos tienen dioses, por falsos que
sean; nuestro mundo que se limita a adorar el dinero, no es pagano, es ateo.
Razón por la cual el rostro de tantos de nuestros contemporáneos que han hecho
su religión de la materia, del gadget democrático, exuda envidia y odio,
mientras que el mísero yacuta animista irradia felicidad.
1-.
Los fuertes
batallones se han pasado al
servicio de la Revolución, es decir, al partido del Anticristo, sin darse
cuenta de que ya están dispuestas las milicias celestiales. Mucho temor sí, para
el que cree, pero fe absoluta en la victoria de Dios Todopoderoso.*
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