lunes, 23 de noviembre de 2020

 

                                                                                                                                            

 ¡¡¡  DEMONIOS !!!                                                                                                                                                                                                                                                                               

Así como el que ama a Jesucristo trata de asemejarse a Él con la ayuda  de la Gracia recibida en los Sacramentos, el que lo aborrece o desprecia, y pero aún, el que cae en el satanismo está impulsado a imitar a su infernal amo, realizando acciones tan abyectas que asombran las pueda realizar un ser humano en su sano juicio. Una de las cuales es el asesinato de los bebitos indefensos, el aborto.

 

Los pueblos cristianos siempre persiguieron tanto a las brujas, que impedían  el nacimiento de los bebes, abortándolos, como  a los asesinatos rituales de niños cometidos por la Magia Negra o el odio religioso.

 

En nuestros días paganos, anticristianos, no podría explicarse la universal campaña abortista sólo por las siderales ganancias de los Laboratorios y de los médicos abortistas; y menos aún por el ridículo y canallesco pretexto de las libertades 'feministas' supuestamente conculcadas por  dar a luz a su hijito.

 

Aunque cueste creerlo en esta época que se gloría del 'cientificismo' milagrero, esta incontenible campaña abortista  de inocentes criaturas, está impulsada por seres  que en las profundidades de sus almas satanizadas fermenta el mismo odio homicida de las brujas... Hoy día nadie cree en esas brujas pasadas de moda,   con narices ganchudas llenas de verrugas, cocinando filtros repugnantes, y volando por las noches montadas en sus escobas, tal como las describe Shakespeare en Macbeth... Pero existen con impecables guardapolvos blancos, en hospitales y sanatorios, como la abortista norteamericana Margaret Sanger; y existen dominando el alma de madres sanguinarias.

El infanticidios es  odio satánico a un acto exquisito de la Creación divina, dando vida a un nuevo ser humano, dotado de un alma única, exclusiva, libre para amar y ser amada. El aborto es odio al Creador, es gritar con soberbia demoníaca;

 

¡DIOS CREA CON AMOR Y YO DESTRUYO!

 

G. Papini, en "Lo trágico cotidiano", en un cuento titulado "El demonio tentado",  narra que se le reprochó al Demonio contentarse con algunas obras pusilánimes, en vez de erigirse en el "anti-Dios" destruyendo la Creación entera... "Así habrás respondido finalmente al Génesis,... Dios verá desaparecer la obra que tanto le satisfizo, y tu, viejo desterrado rebelde, estarás vengado"...

 

¿No será esta una de las tácticas más perversas asumidas actualmente por el demonio? Pues sino puede aniquilar el Universo entero ¿Qué mejor ensañamiento vengativo que asesinar, masacrar, quemar en el mismo vientre de su 'madre', a la obra más maravillosa, delicada e indefensa de la Creación, al pequeño ser humano que espera la luz del día para recibir las aguas de la Gracia?. +

 

 

 

domingo, 15 de noviembre de 2020

 

           CAPITALISMO USA: SIN ESCRÚPULOS MORALES.

Durante un debate en la TV, sobre el fraude electoral que, según parece, se descubrió en los EEUU, uno de los panelistas expresó su asombro y e indignación por dudar de la honestidad política norteamericana, cuna y paradigma de la democracia mundial…

¡Palabras increíbles! Estúpidas e insidiosas, dichas por un personaje ‘lunático’, al que no le resultó convincente la historia de estos dos últimos siglos, donde se manifestó la perversa política aplicada por los yanquis en nombre de la ‘democracia’; mintiendo y engañando maquiavélicamente, a propios y extranjeros, para lograr violentamente poder y riquezas, (Torres Gemelas, Pearl Harbor, racismo, Maine, etc.). Entonces, ¿qué impedimento moral podrían tener estos políticos para organizar un sencillo fraude electoral?

 W. Sombart,  en “El Burgués”, 161 sig., de donde extraje los párrafos que a continuación publico,  expone claramente la mentalidad del empresario norteamericano, actuando con ambición sin límites, ejerciendo un liberalismo extremo, impregnado de la inmoralidad que proviene de la “religión del comercio” calvinista.

Es razonable comprobar que este culto inmoral a Mamón, -para llegar a ‘Jehová’-, impulsa las acciones de los trust y de la política norteamericana. Actualmente, de acuerdo a lo actuado en esta época de la ‘Pandemia’, la aplicación de las vacunas, las drogas, la reducción de la población mundial –abortos e eugenesia-, el gobierno universal, la difusión de la inmoralidad, etc. son maniobras expresamente programadas y ejecutadas por ciertos personajes siniestros e inescrupulosos.

¡Son para ellos realizaciones ineludibles, pues rinden beneficios incalculables! ¡Pues ellos todo lo pueden! ¡Para ellos todo es posible! ¡Las ‘Tablas de la Ley’ que manejan los autorizan a hacer y deshacer los que se les antoje! ¡Peor aún, es lógico que se encuentren obligados a programar cualquier maldad y crimen, mientras rindan utilidades!

Escribió Sombart:

 

 “Un tipo [de empresario] que se hace cada vez más frecuente, sobre todo en los EEUU a medida que las empresas se amplían, es aquel al que damos el nombre –a falta de otro mejor-, de capitán de empresa. Estos hombres encaran la combinación de los diferentes tipos que ya conocemos: son, a la vez, filibusteros y calculadores, señores feudales y especuladores, como lo comprobamos a través de los ejemplos norteamericanos que nos proporcionan los magnates de los monopolios colosales”.

 “Se proclama una libertad ilimitada, se exige la supresión de todo lo que pueda oponerse a la obtención del lucro. Se trata, en primer lugar, de la libertad formal, de la libertad de obrar y de holgar, a la que considera como un factor esencial para la adecuada conducción de los negocios. Se soportan con paciencia las restricciones impuestas por el derecho y la moral. Sin parar en los demás, se querría tener el derecho de hacerles la competencia desleal cuando el interés propio lo exigiese (y esta es la razón por la que se renuncia también a la autoprotección); Se encuentra mal que el Estado o  los representantes de  los obreros digan su palabra cuando se trata de concertar contratos de trabajo. Se repelen todas las trabas de épocas anteriores. No se confía más que en la propia fuerza y en el juego natural para asegurarse el éxito económico. (pg. 172).

“Un ejemplo elocuente de esta ausencia de escrúpulos lo suministra la manera de proceder de los trust norteamericanos.  […] Estas prácticas nos muestran, a lo vivo, el significado de no arredrarse por escrúpulos ni detenerse ante ningún medio susceptible de contribuir al éxito de la empresa. Para ensanchar su mercado, el trust no hesitó en malvender sus productos, en acordar a los intermediarios descuentos increíbles, en imitar a marcas conocidas y en vender un producto inferior de apariencia engañosa.

[…] A los grandes triunfadores de la carrera del capitalismo moderno se les puede aplicar lo que se dijo recientemente de Rockefeller, a saber, que se han “sabido sustraer a toda moral, con una falta de escrúpulos ingenua y natural”. El mismo John Rockefeller, cuyas memorias reflejan a las mil maravillas esta mentalidad infantil y simple, podría resumir su Credo diciendo que está dispuesto a  subvencionar a  un ejemplar con un millón de dólares, a condición de que poseyendo las virtudes positivas necesarias esté “desprovisto de todo escrúpulo” y demuestre suficiente coraje como para “sacrificar, si fuera menester, millares de personas”… *

Werner Sombart.

sábado, 7 de noviembre de 2020

 

Sobre el Gobierno

UNA NACIÓN SIN IDEALES PATRIÓTICOS SOBERANOS SUSBSISTE DOLOROSAMENTE HASTA SU DESAPARICIÓN IRREMEDIABLE. 

                        Padre Leonardo Castellani                                                                                                           

                                              Escribió un artículo incluido en el libro “Cristo y los Fariseos”, del que extraemos unos párrafos que nos conciernen políticamente. (ed. Jauja, pgs.223 sgs.).

[…] Es inútil: una sociedad cualquiera debe conspirar a algo común y para ello debe estar gobernada. Ese algo no puede ser la mera conservación de la misma sociedad y mucho menos (si es religiosa) el rejunte de dinero, o de la “falsa gloria que dan los hombres”. Ese es el tema de esta carta.

Sin conspiración a un ideal, toda sociedad se va contra un escollo. Conspirar a algo, y gobernar, significa tener los ojos constantemente puestos en el fin común y medir con él todas las cosas. Porque la sociedad no es tal sino por causa de una obra que hacer en común. La raza, el idioma, la religión, las fronteras son los elementos materiales de una nación; lo formal es el “quehacer colectivo”. Quitado esto languidece y se hunde la sociedad. El hombre va en la sociedad como la gota en la nube viajera. Pero para esto es menester que viaje la nube. Si la nube se estanca, la gota se pudre o se disuelve con acompañamiento de tronidos. Pues bien, eso le está pasando a nuestra amada Provincia [Jesuita], por falta de visión ideal arriba: no hay obra común ni quehacer colectivo. Somos una nube de tronados.

 Agudísima fue la conocida cifra política de Saavedra Fajardo: una flecha vertical y debajo el lema: “O sube o baja”. Eso es una sociedad. No es una cosa sino un movimiento. Es en todo instante algo que viene de- y va hacia. Córtese por una hora la vida de un Estado civil que lo sea realmente, y se hallará una unidad de convivencia que parece fundada en tal o cual elemento material: sangre, idioma, fronteras naturales. Una interpretación estática nos llevaría a afirmar: eso es el Estado. Pero pronto advertimos que esa agrupación humana está haciendo algo en común: conquistando otros pueblos, defendiendo sus intereses, fundando colonias, o independizándose o federalizándose. Es decir que en toda hora está superando el principio material de su unidad.  

 

Nota nacionalista del blog:  

El Estado debe unir a los miembros de una sociedad en el amor patriótico, (San Agustín), para que el entusiasmo los encamine hacia la grandeza nacional y el Bien Común. Para lo cual debe respetarse y acentuarse la esencia tradicional argentina, católica, hispánica y federal. Éstos son nuestros fundamentos argentinos, y por ellos  existe la Patria.

Los extranjeros de otras creencias que vivan en nuestro suelo, las mantendrán en su vida familiar, pero deben respetar públicamente esos fundamentos de la agentinidad que consolidan la unidad nacional.

Cuando un gobierno nacionalista, de la mano de un auténtico Caudillo nacionalista, como fué don Juan Manuel de Rosas, imponga un ideal político de grandeza nacional será respaldado por el entusiasmo patriótico popular; pues se sentirá elevado, participando realmente, en su medida, de su connatural vida política.

Al tiempo que desaparecerá este Régimen entreguista, antidemocrático oligárquico e inmoral, (que se nombra indistintamente gobierno liberal, democrático, progresista o montonero marxista); incitador y promotor de falsas divisiones y enfrentamientos entre los argentinos. Y con él desaparecerán todos los políticos corruptos entreguistas.

Por eso, para mantenernos sometidos como una factoría, los gobiernos cipayos, están cuidadosamente anulando el sentimiento patriótico de la población, incluso entre los escolares; impidiendo que resurja el entusiasmo de vivir en una Nación soberana.                                                                                                                                                                                                                         

Un gobierno ejercido paternalmente, sea monárquico, presidencial o dictatorial, puede propiciar los ideales políticos trascendentes; anulando el egoísmo y el resentimiento fomentado por las ideologías disolventes.  ¡Qué Dios nos aliente en la espera!

 

 

miércoles, 4 de noviembre de 2020

 

JUAN MANUEL DE ROSAS MORALIZADOR.

Copio unos párrafos de la Historia Argentina (t. VIII, pg. 384) del gran historiado don Vicente Sierra demostrando la calidad humana y cristiana del gobernante providencial más acompañado de la historia argentina.

Rosas recibió un pueblo desesperanzado e indignado; con justa razón. Y una nación anarquizada y enfrentada, secuela de la nefasta política aplicada por el minúsculo grupo de “lomos negros”, inspirado en el infame masón iluminado B. Rivadavia; y su secretario, el renegado Agüero.

 Rosas empleó con pleno éxito medidas enérgicas, como debían ser si pretendía moralizar la sociedad; imponiendo una disciplina que podría haber molestado; pero todos sabían eran indispensables. Por lo cual, la sociedad apoyó entusiastamente su política justiciera, pues concretaba el anhelo popular, harto de delincuentes impunes.

Los pueblos actúan y viven moralmente de acuerdo a la actividad moral y política de sus gobernantes. Rosas pudo moralizar la sociedad porque ejerció un gobierno moralmente intachable y ejemplarizante, de una honestidad asombrosa, de absoluta dedicación al bien Común, y un patriotismo a prueba de balas. El pueblo, entonces, disciplinado y organizado, lo siguió, comprendiendo que Rosas era un verdadero Caudillo, que exigía dignificando.

La comparación con nuestra época es inmediata. Hoy día las circunstancias son diversas, y la moralidad más degradada aún. Desgraciadamente en lontananza no se divisa la aparición de un Caudillo providencial como don Juan Manuel de Rosas. Argentina está en manos de la misericordia divina. ¡A rezar por la Patria, a punto de perderla!

A continuación  el profesor Sierra:

6. Empeños moralizadores.

Rosas destacó una sensible preocupación para lograr que la comunidad retornara a vivir dentro de las normas morales heredadas, las que se habían desgastado como consecuencia del desorden político y las guerra civiles en que se había vivido. La provincia revelaba un nivel moral bajísimo, una de cuyas manifestaciones eran las quiebras fraudulentas que había pasado a ser un recurso normal para enriquecimientos rápidos. En 135 fue ruidosa la de la casa de negocios de Santiago Lezica, que amenazó con la ruina a centenares de acreedores. Los malos pagadores constituían una enfermedad endémica. La gente se endeudaba sin escrúpulos, y llegado el momento se recurría a juicio de concurso civil, llamados de “quita y esperas”. Por decreto del 19 de marzo, Rosas los suprimió, y reglamentó la forma para que fueran rápidamente resueltos los ya iniciados. Como abundaban quienes, titulándose contadores, obtenían pingües beneficios acomodando los libros comerciales a los fines de obtener suculentas ganancias con quiebras y juicios de “quita y esperas”, reglamentó el ejercicio de esa profesión.

Otro aspecto, y el más grave era el alcanzado por el desarrollo de la delincuencia. En la campaña no había seguridad alguna. Partidas de malhechores asaltaba a diestro y siniestro. El abigeato era una actividad corriente. En la ciudad había que vivir con puertas y ventanas trancadas en defensa de los robos. Rosas dispuso al efecto medidas enérgicas para perseguir a asaltantes y ladrones, y una de ellas fue reservarse las penas a aplicárseles, lo que hizo con rigor, ordenando la de muerte que no se podía redimir ni evitar por ningún medio. Los ejecutados lograron la glorificación de engrosar las  “Tablas de Sangre” con que los adversarios crearon el mito de un Rosas regodeándose con esas ejecuciones, que pasaron a ser estimadas como asesinatos políticos. Pero el resultado de su rigor fue tal que, años más tarde, un viajero norteamericano podría decir que Buenos Aires era la ciudad más segura del mundo, al punto que si se perdía la cartera en la calle era cuestión de esperar que la policía la devolviera, porque nadie se atrevía a tocarla, lo que hacía la policía para devolverla a su dueño.

Sus propósitos moralizadores se extendieron a establecer la censura teatral, asi como a reglamentar las fiestas de Carnaval, a fin de suprimir las salvajadas que habían llegado a caracterizarlas. Dispuso medidas especiales para los menores que pronunciaran palabras obscenas y fueran encontrados “mal entretenidos” en la calle.  Consecuencia lógica de estos hechos fueron la reorganización de la policía y la reglamentación que extendió militarizando al cuerpo de Serenos que puso a las órdenes inmediatas del sargento mayor Nicolás Mariño, personaje pintado como un gaucho bruto y atrabiliario, a pesar de que era vicepresidente de la omisión de vecinos que había creado y sostenido dicho cuerpo y, además, era redactor de “La Gaceta Mercantil”. También fue militarizada la Policía, refundiendo la Guardia del Departamento y las Partidas Celadoras en un solo cuerpo que tituló “Escuadrón de vigilantes a caballo”, y puso al mando de Ciriaco Cuitiño. Este cuerpo se dividió en dos compañías, una al mando de José Vicente Parra, y la otra a la del vigilante 1º Leandro Alem, padre del que fuera más tarde el gran caudillo de las masas suburbanas porteñas, y quien, con personalidades como la de Bernardo de Irigoyen, secretario en los últimos años del gobierno de Rosas, fundaron el movimiento político que en nuestros días se conoce como radicalismo.+

Vicente Sierra

jueves, 29 de octubre de 2020

 

  EL CAPITALISMO REVOLUCIONARIO.

La ideología revolucionaria del capitalismo judeo/calvinista, fue tratado en forma magistral por el Padre Julio Meinvielle, en un artículo publicado en “Presencia” Nº 88, 1966/67, titulado “El conflicto dólar-oro y la Revolución Mundial”. Es de destacar que desde ese entonces el capitalismo mamonístico avanzó trágicamente  revolucionando y subvirtiendo  hasta la vida íntima de los seres humanos. Del artículo extraje los siguientes conceptos:

[…] Al final del siglo XVIII se inaugura el capitalismo mal llamado liberal. Capitalismo, una economía fuertemente dinámica que busca desarrollar el capital para crear con él una fuente perenne de nuevas riquezas o ingresos. Liberal, o sea que los factores concurrentes a la creación de riqueza se mueven libres de toda traba moral o de justicia, como si fueran puras mercadería despojadas de toda significación. De un lado, se presentan los capitalistas dueños del capital, es decir, de todos los instrumentos de producción: inmuebles, edificios, materias primas, maquinarias, dinero con que adelantar lo pagos durante el tiempo que se elabora la mercadería; del otro, los obreros, sin otro capital que sus fuerzas, que deben ser reparadas día a día con la paga del salario. ¿Cuál es el resultado de la asociación del capital y trabajo? La producción de mercaderías,  que luego se venderán en el mercado ¿Y qué parte de estas mercaderías corresponderá al trabajador y qué  parte al capitalista? El capitalista llevará una parte apreciable y el trabajador apenas podrá reparar sus fuerzas. Y mientras la acumulación del capital aumentaría con progresión geométrica, la situación del asalariado quedará estacionada, si éste no ha sucumbido a la desocupación que se presentará inexorable en las crisis periódicas.

Bajo la influencia del calvinismo, como lo ha demostrado Max Weber en “La ética protestante y el espíritu del Capitalismo”, y bajo la judía, según consta en el notable libro de Werner Sombart, “Los judíos y la vida económica” se busca como fin del proceso económico, no el consumo equitativo de todos los grupos sociales, sino la acumulación de capital en manos de los pocos hombres predestinados.

Se forma así una poderosa concentración de capital en pocas manos, en especial en manos de los financieros y banqueros que manejan la riqueza de las naciones y  del mundo. Aquí habrá que recordar la historia de la Banca de Inglaterra y de los Rothschild, que coincide con el esplendor del capitalismo mal llamado liberal durante el siglo XIX hasta la primera guerra mundial.

La conducta calvinista ha de conincidir con la  invención y desarrollo –sin que esta circunstancia haya de considerarse necesaria- de nuevas técnicas de producción, las que aceleran, en consecuencia, el desarrollo económico, el cual va a favorecer primera y directamente a aquella acumulación de capital o de riqueza de una minoría –la minoría financiera sobre todo, frente a una mayoría consumidora que no ha de progresar tanto o no ha de progresar nada. Se produce en consecuencia una disimetría en las economías nacionales y en la mundial. Disimetría de sectores, aún dentro de las economías nacionales, ya que el sector financiero ha de progresar más que el comercial, éste más que el industrial, éste, a su vez, más que el agrícola. Disimetría entre empresarios y empleados –obreros. Disimetría entre centros económicos poderosos y periferia empobrecida. Además de estas disimetrías aparecen las crisis cíclicas, originadas en las mismas disimetrías económicas, y en causas monetarias, ya que la moneda en lugar de estar al servicio del proceso económico, sujeta a su servicio, como causa última motor, a todo el proceso económico.

Estos trastornos de funcionamiento del aparato económico en lo nacional y en lo mundial, se pone de manifiesto, sobre todo, a lo largo de todo el siglo XIX, hasta 1914 o 1929, cuando la vida económica internacional está regida por el Banco de Inglaterra.

A partir de 1929, debido a la nueva política económica-financiera inspirada fundamentalmente en Keynes y al contrapeso del sindicalismo, se atenúan las disimetrías en el orden interno de los grandes países capitalistas y dejan de hacer sentir su influjo las crisis cíclicas. Pero la disimetría se acentúa entre los grandes centros industriales y los países productores de materia prima, y aun dentro mismo de los grandes centros mundiales, entre Estados Unidos y Europa.

Se produce incluso una ruptura entre la Banca mundial que quiere continuar manteniendo bajo su dominio al desarrollo tecnológico y este desarrollo que quiere independizarse del freno que a su vuelo intenta ponerlo el capitalismo financiero. Este punto se torna clarísimo en la actual coyuntura. En efecto, Estados Unidos, con capacidad tecnológica y productiva para expandir inconmensurablemente sus bienes  y servicios al exterior, se ve frenada por razones financieras, ya que esta expansión tecnológica y productiva se traduciría en una expansión de dólares en el exterior la cual determinaría un mayor drenaje de sus reservas oro y por lo mismo la agudización del conflicto dólar-oro. Por lo mismo este conflicto en manos del Poder Financiero mundial es un arma de combate para restringir el desenvolvimiento tecnológico y productivo de los Estados Unidos. Es difícil predecir las consecuencias de la lucha planteada entre tecnología y poder financiero. ¿Quién, en definitiva prevalecerá sobre quién? Pero la lucha netamente planteada puede ser llevada y dirimida, en último término, en el terreno militar.

EL CAPITALISMO Y LA   REVOLUCIÓN MUNDIAL. La actuación de capitalismo moderno se vincula esencialmente con la Revolución Mundial que agita modernamente a los pueblos. Se vincula esencialmente de diversas maneras. Primero produciendo en todas partes y en escala mundial las injusticias pavorosas que constituyen el sistema capitalista mismo, que arrebata las riquezas que corresponden a todos y a cada uno de los grupos sociales, para concentrarlas en pocas manos. El Capitalismo es Revolución, es la Revolución. En su carácter propio desordena desajusta, produce estragos sin cuenta y es el factor de la guerra de clases que hoy arrasa todas las regiones de la tierra y causa de la expansión de la civilización materialista que destruye valores espirituales y siembra la destrucción de los vínculos morales de familias y pueblos.

En segundo lugar, el capitalismo es revolucionario porque produce la lucha de clases, sobre cuya dialéctica ha de operar luego el comunismo soliviantando al proletariado para la implantación de la férrea dictadura de los grandes jefes modernos de la Revolución, Lenin, Stalin, Mao Tse Tung y Fidel Castro. Bajo este aspecto el mundo de hoy se halla constituido por una gigantesca dialéctica, uno de cuyos polos es la minoría privilegiada de los pueblos de Europa y de los Estados Unidos, y el otro, el polo de los pueblos hambrientos que forman las dos terceras partes de la humanidad.

En tercer lugar, el capitalismo es revolucionario, porque, como ha expuesto el doctor Carlos A. Voss, en un notable artículo, Presencia, 14/7/61, el Capitalismo Financiero Internacional ha pagado todas las revoluciones desde el siglo XVII hasta la revolución comunista de 1917. Debemos admitir que los datos históricos al respecto son susceptibles de ser polemizados, y por ello, nos abstenemos de subrayar este punto. Vamos a insistir, en cambio, en el actual conflicto entre el poder económico americano, fundado sobre el dólar y teniendo al presidente Jonhson como protagonista principal, por unae parte, y por otra al capitalismo financiero mundial, con el oro como moneda-patrón y con De Gaulle como protagonista principal. Y ese ha de constituir el cuarto punto del carácter revolucionario que constituye la esencia del capitalismo

EL CAPITALISMO AMERICANO Y LA REVOLUCIÓN MUNDIAL. Es muy posible que el capitalismo propiamente liberal, regido por la Banca de Inglaterra, haya ejercido un dominio sobre los pueblos más inhumano que el capitalismo que con posterioridad al año 1930 viene desarrollándose en los Estados Unidos y Europa. Pero aun cuando así fuera y aunque en el orden interno de las naciones capitalistas, tanto en los Estados Unidos como en Europa, se registrara una distribución más armónica  de la riqueza, sin embargo, la disimetría irritante entre los países centro-económicos y los periféricos, lejos de atenuarse, se agrava cada día con  síntomas de agudización, tales que ya se habla abiertamente del Gobierno Mundial, el cual evidentemente será ejercido por el poder de la Alta Finanza que viene manejando la Revolución Mundial desde hace algunos siglos.

Un escritor de la envergadura y significación en los planes mundiales, como Arnold Toynbee se atrevió a hablar públicamente y sin empacho nada menos que en el Centro de Altos Estudios del Ejército en una conferencia que dio el 5 de octubre de 1966 sobre el tema: “El Mundo hacia el cual viajamos”. En dicha conferencia abogó claramente por un mundo sin Estados nacionales ni soberanía, que debía ser regido por un gobierno mundial. Para ello abogó igualmente por la unión de los Estados Unidos y Rusia, aunque, como es de imaginar no entró a discriminar que clase de personajes e intereses habían de estar detrás de las fachadas que estos países presentan.

El planteo de Toynbee viene a poner de relieve la especial significación del libro de Pierre Virion publicado aquí en Buenos Aires con el título “El Gobierno Mundial y la Contra-Iglesia”. Allí Virion señala que los planes novísimos de la Alta Masonería Mundial, elaborados a fin del siglo pasado y comienzos de este por la Sinarquía de Saint-Yves d’Alveydre, y descubierto por la Policía francesa durante el gobierno de Petain, están en amplia aplicación por el gobierno de De Gaulle, detrás del cual se mueve la poderosa Banca Rotschild. De acuerdo con estos planes se va rápidamente al gobierno mundial con el liderazgo de Europa y no propiamente con el de los Estados Unidos. La unificación del mundo económico ,  cultural y político en los  planes sinárquicos envolvería al mismo tiempo una religión universal esotérica que daría unidad y razón de ser a todas las otras religiones que serían como expresión esotérica del culto universal de la Humanidad. La Sinarquía unificaría a los pueblos en una Tecnocracia que sería, al mismo tiempo una Satanocracia.

LAS DOS FRACTURAS DE LA REVOLUCIÓN MUNDIAL. En la actual etapa del Revolución Mundial el liberalismo no tiene ya vigencia. Nos encontramos en un capítulo más avanzado en el cual las diferencias las establecen las modalidades de sociedad-máquina que se trata de imponernos. Por un lado tenemos el comunismo menchevique reformista, que poco a poco se va transformando en la ideología dominante tanto en Rusia como en Europa occidental. Por el otro el comunismo bolchevique, de tipo staliniano, que encuentra su representación en el régimen de Pequín y en los movimientos revolucionarios de los países subdesarrollados.

Esta fractura del comunismo ha determinado otra en el mundo llamado libre. [A continuación el Padre Meinvielle menciona, en un par de párrafos, las intrincadas relaciones diplomáticas de esa época, entre los mismos protagonistas de hoy: Europa, Rusia,  EEUU, Francia, China…]

Sea lo que fuere de estas apreciaciones, el hecho real para el pobre hombre de hoy que circula por las calles de nuestras ciudades es que se ve protagonista de hechos mundiales cuyo alcance y desenlace totalmente ignora y que le revelan la profundidad de aquello de Disraeli, el gran primer ministro de la época victoriana, que escribía en 1844, en su novela Conningsby: “El mundo está manejado por otros personajes, que no imaginan aquellos cuya mirada no llega hasta detrás de los bastidores”. Rathenau, el gran magnate de la electricidad decía en 1906, mucho antes de su extraña promoción al poder en la Alemania republicana de 1918: “Trescientos hombres que se conocen entre sí y que buscan sucesores a su alrededor, dirigen lo destinos económicos del mundo”. De aquí que nada haya de extrañarse de la seguridad con que el banquero Warburg pudiera afirmar ante el Senado norteamericano en 1950: “Se quiera o no, tendremos Gobierno Mundial. La única cuestión que se plantea es la de saber si este Gobierno Mundial será establecido por persuasión o por la fuerza”. Informe de la Foreing Asociarion Dootep Savannagh.

Estremece pensar que en un mundo en que las bombas nucleares se almacenan en los depósitos de poderosas naciones nuestra suerte y la del mundo se hallan a merced del poderoso capital internacional.

Es de esperar que el hombre de hoy reflexiones y comprenda que la acumulación del dinero, lejos de ser un fin último de la vida humana, ha de ponerse humildemente al servicio de los fines inferiores del bienestar material y del desenvolvimiento tecnológico, para que éste, a su vez, sirva a los fines de la economía, de la política y de la cultura, para que, a su vez estas encaminen al hombre al logro y obtención del verdadero fin último de todo hombre individual y de toda civilización auténtica. Una economía con la acumulación de la moneda como fin último no sólo se opone al Reino de Dios sino que incluso traba el desarrollo   productivo y conspira, en definitiva contra el mismo bienestar material del hombre.

Padre Julio Meinvielle.

 

Del excelente libro de

EUGENIO MONTES: “EL VIAJERO Y SU SOMBRA”,

Extraje unos párrafos que dedicó a pintar, con su maestría acostumbrada, la personalidad de un afrancesado español, don José Queraltó, que allá a comienzos del siglo XIX,  llegó a París con tan poca entereza, tan apocado y amedrentado, como pisaron Francia, nuestros afrancesados nativos, el mulato y el sanjuanino. Pero lo interesante, y lo que a nosotros más nos incumbe, es la diferencia anímica entre el español afrancesado y los del Río de la Plata; pues el español, en última instancia, cuando la invasión francesa a su patria, luchó al lado del pueblo, contra los imperialistas.                                                                                                                                                                                                                                                        Por lo cual creo interesantísima estas palabras de Montes, que describen, por similitud, el espíritu de “nuestros próceres” liberales, que lucharon con afán mimético, indigno y vergonzoso, para demoler la identidad argentina; a favor del imperialismo contra la nación y contra el pueblo.                                                                                                                                                                          

El artículo de Montes se llama:

GOYA EN MUNICH

[…] ¡Pobres gentes mías españolas, mendicantes de tierra desolada, con aire desesperado y roñoso de grupo triste en el portal de un consulado! Gentes que yo quisiera repatriar, enviar de nuevo no al suburbio sino al terrón de los orígenes; pero para darles lo que ya no tienen desde hace mucho tiempo, aquello que han perdido –ya sabe Dios hasta cuando-: una verdadera y compasiva patria.

O a las que yo quisiera, más aún que limosnas, darle disciplina, vínculo de unión, fe en su ser y en su valer, para que, jerárquicamente unidas, pudieran resistir y arrollar triunfales esos gestos despectivos de los dandys rubios de Lawrense, o ese gesto lejano y orgulloso con el cual una Diana impúdica –de Rubens- se aparta de su mendicidad de tierra seca, sedienta, sin agua, sin baño.

Pero en la España de Goya, -se dirá- no sólo hay roña y piojos. También don Francisco pintó gentes de pro, damas de altísimo copete, caballeros galoneados, elegantes y finos, como éste don José Queraltó que aquí mismo –y en una tela maravillosa- está como a punto de leer un libro, indiferente al dolor de sus paisanos.

Don José Queraltó. Ni lo sé ni me importa. No sé quién es, qué hace, qué sucesos o anécdotas enredan con su estambre su biografía.  Pero me basta mirarle a los ojos, mirar los brillos de su solapa, mirar la fecha del retrato goyesco, para conocer su vida simbólica, profunda y esencial.

Don José ha traído de mozo un bicornio afrancesado en la cabeza. Y muchas otras cosas, o ideas afrancesadas. Tanto y tanto se afrancesó que ha pensado siempre, como el marqués de la Ensenada, que “los españoles somos todos unos piojosos”. En su juventud ha leído los cuentos chinos de Voltaire y ha ido a París a aprender las novedades ideológicas. Una noche, inolvidable, lo llevaron al salón de madame Du Deffand y se avergonzó mucho de su celtíbera fonética, y se avergonzó más aún cuando le oyó exponer al abate Raynal sus ideas sobre la Inquisición, los jesuitas y la colonización de las Indias. Hubiese dado entonces cualquier cosa por haber nacido en un pueblo de Artois o la Turena y haber sabido enhebrar tres eses líquidas sin delatar su origen. Sé todavía algo más de él. Sé que cuando madame Geoffrin –que era ya un tremendo vejestorio- le dió a besar su mano arrugadísima y le preguntó si era español, se le subieron todos los colores a la cara.

De París trajo D. José al solar una historia del movimiento fisiocrático, unas paparruchas de Diderot, una caja de rapé, un boletín masónico y un gran asco por la plebe indígena que se reunía a oír sermones en la plazuela, que creía en el Santo Oficio y no suspiraba por recibir de Francia las luces de la civilización y del progreso. Y no es que este caballerito de Azcoitía no se sintiera patriota. Sí, quería el bien de su patria. Sólo que pensaba que España era un pueblo inferior de piojosos, con una cultura piojosa y oscurantista.

Un día, aquellos franchutes que él, cayéndosele de admiración la baba, había visto y oído en los salones de madame Delfand y en los salones de la Enciclopedia, un día, esos gabachos, vinieron a Madrid, como de paso, a traición; pero para quedarse y “regenerar la raza decadente”. Todas las fuerzas telúricas y celestes del alma española se levantaron entonces en un arranque genial que hizo temblar los cielos con la tierra.

El caballerito, el enciclopédico, por un último instinto físico de español, se puso al lado del pueblo. Quizá fue con una garrocha a Bailén, o quizá estuvo en Arapiles. Pero cuando España, tras su triunfante guerra, donde declinó para siempre la estrella de Bonaparte, se libró del invasor, D. José no supo hacer otra cosa que meterle sus ideas en la cabeza, con eso de la Constitución, del odio a la Iglesia, de la negación de su Historia y del laicismo. Traspone Pepe Botella la antigüedad pirenaica y ya comienza la guerra civil. Más de cien años, y los que te rondaré, morena- de lucha fratricida, atravesándose el alma,  atravesándose el cuerpo, matándose a dentelladas, hermano a hermano.

Ved, ved estos Goyas que meten pavor y meten frío. Esos que traspasan a los dos españoles acaban de traspasarme a mí. Discordias civiles; parados envueltos en sangre, en polvo, en miseria, bajo la pesadumbre de un destino fatal. Y al lado, los don José intelectuales, displicentes, leyendo un libro de espaldas a las realidades dramáticas, sin acertar a unir, con vínculos sacros, religiosos, a estos españolitos pobres, que, cuando creyeron en Dios y se apretaron en falange, llevaron la grande y general Historia por todos los mares y las tierras del planeta.

Discordias civiles que el propio pintor llevaba dentro, porque el genio democrático de Goya es un genio de España. Ay, pero de una España que ya no es la teológica del Greco ni la imperial y artesana de Velázquez, sino convulsa y rota Revolución francesa.+

 

 

 

miércoles, 28 de octubre de 2020

 

 

¡Atención! Últimos adelantos científicos.

Desde hace años el señor Jack Cassudy, conocido vecino de Harlem, barrio de Nueva York, está aplicando una terapia asombrosa para curar el trauma de ciertas muchachas que se sienten frustradas en amores y  vuelcan sus neurosis en exhibir sus tetas siliconadas en público; bajo pañuelos  verdes.                               

Según se deduce de la lectura del tratamiento, se inspira en las enseñanzas del prodigioso psicoanalista dr. S. Freud, el que descubrió los misterios del alma humana; según afirman sus adeptos. El texto del tratamiento fue desarrollado y publicado, en forma de diálogo, para hacerlo más accesible, por el señor O’Henry, discípulo, de ese famoso sanador; (aunque esta afirmación no la puedo asegurar).                                      

Sólo por esta vez el blog ofrece, gratuitamente, a sus curiosos lectores, el maravilloso sistema del señor Cassidy; practicado desde hace siglos por antiquísimas tribus.  Al principio quizá resulte algo pesadito para las chicas malcriadas, pero en unos pocos días comenzarán a disfrutarlo y serán plenamente felices, como quería serlo la sra. Fink.  Dejo la lectura a vuestra discreción. Les deseo mucha suerte.

·                                                                       

 La señora Fink estaba de visita en el departamento de la señora Cassidy, que vivía en el piso de abajo.

¿Verdad que es hermoso?- dijo la sra. Cassidy

Volvió orgullosamente la cara para que su amiga lo viera. Uno de sus ojos estaba casi cerrado, y a su alrededor se veía una gran magulladura de un púrpura verdoso. Su labio estaba cortado y sangraba un poco, y a ambos lados de su cuello había rojas marcas de dedos.

-Mi marido no pensaría siquiera en hacerme eso dijo la sra. Fink disimulando su envidia.

-Yo no soportaría a un hombre que no me pegara po r lo menos un vez por semana –daclaró la sra. Cassidy-. Eso revela  que la aprecia a una ¡Vamos! Esta última dosis que me ha dado Jack no ha sido homeopática. Veo las estrellas aún. Pero Jack será el hombre más encantador de la ciudad durante el restro de la semana, para compensarlo. Este ojo me valdrá unas entradas para el teatro y una blusa de seda por lo menos.

-Confío en que el señor Fink es demasiado caballero para levantarme  la mano- dijo la sra. Fink, mostrándose complacida.

-¡Oh, vamos Maggie!- dijo la señora Cassidy, riendo-. Sólo estas celosa. Tu viejo es demasiado ceremonioso y lento para darte un puñetazo. Se limita a quedarse sentado y practica la cultura física con un periódico cuando viene a casa… ¿No es así?

-El sr. Fink, ciertamente, hojea los periódicos cuando vuelve a casa- admitió la sra. Fink asintiendo-. Pero claro está que no me pega para divertirse… Eso es indudable.

La sra. Cassidy rió, con la satisfecha risa de la madrina protegida y feliz. Con el aure de una cornelia que exhibe sus joyas, bajó el cuello de su quimono y puso demanifiesto otra magulladura que apreciaba como un tesoro, de color pardo con bordes oliváceos y color anaranjado, una magulladura casi curada ya, pero cara todavía a la memoria.

La sra. Fink capituló. Su aire solemne se relajó para dar paso  a una envidiosa admiración. Ella y la sra. Cassidy habían sido compañeras de trabajo en la fábrica de cajas de cartón de extramuros antes de casarse, un año antes. Ahora, ella y su hombre ocupaban el departamento de arriba y Maggie vivía abajo. De modo que más le valía no darse ínfulas con Mame.

-¿No te lastima cuando te zurra?- preguntó la sra. Fink con curiosidad.

-¡Lastimarme!- exclamó la sra. Cassidy, con un grito de placer propio de una soprano-. Bueno, pongamos por caso… ¿Se te desplomó encima alguna vez una casa de ladrillos?... Pues eso es precisamente lo que se siente… Como cuando a una la sacan de entre los escombros. Jack tiene una izquierda que vale por dos matinés y un par de vestidos de algodón nuevos… y su derecha -¡bueno!- para compensarla, se require un viaje a Coney Islad y seis pares de piezas de seda estampada de Lila.

-Pero… ¿Por qué te pega?- preguntó la sra. Fink con los ojos muy abiertos.

-¡Tonta!- dijo la sra. Cassidy con aire indulgente-. Pues porque está borracho. Eso le sucede generalmente los sábados por la noche.

-Pero… ¿Qué motivo le das?- insistió la buscadora de conocimientos.

-¿Acaso no me  he casado con él? Jack llega lleno de licor y yo estoy ahí…¿Acaso no basta con eso? ¿A quien tiene derecho de pegarle Jack sino a mi? ¡Me gustaría sorprenderlo pegándole a otra! A veces, es porque la cena no está pronta; y a veces porque lo está. Jack no es exigente en materia de motivos. Bebe hasta recordar que esta casado y entonces vuelve a casa y me ajusta las cuentas. Los sábados por la noche me limito a apartar del camino los muebles con puntas afiladas, para no lastimarme la cabeza cuando él empiece su trabajo. ¡Tiene un swing de izquierda que le sacude a una de lo lindo! A veces me doy por vencida en el primer round; pero cuando quiero divertirme durante la semana o deseo unos trapos nuevos, vuelvo en busca demás castigo. Eso fue lo que huci anoche. Jack sabe que desde hace  un mes, deseo una blusa de seda negra;y no creía que bastara un ojo megro para conseguirla. Mira Mag. Te apuesto el helado a que la trae esta noche.

La señora Fink estaba abismada  profundas cavilaciones.

-Mi Mart nunca me dio una zurra –dijo-. Es como dices, Mame: vuelve malhumorado y ya no tiene ganas de hablar y nunca me lleva a ninguna parte. Se lo pasa en casa, calentando la silla. Me compra cosas, pero con un aire tan sombrío que apenas las aprecio.

 La sra. Cassidy rodeó con su brazo a su amiga.

-¡Pobrecita! –dijo-. Pero no todas pueden tener un marido como Jack. El matrimonio no sería un fracaso si todos fueran como él. Lo que necesitan esas esposas descontentas de las cuales se oye hablar es un hombre que vuelva a casa y les de una paliza una vez por semana, y lo compensen luego con besos y bombones. Eso, les daría algún interés por la vida. Lo que quiero yo es un hombre dominador que la aporree a una cuando esté borracho y la abrace cuando no esté bebido. ¡Dios me libre del hombre que no tiene agallas para hacer ambas cosas”

La señora Fink suspiró.

 Repentinamente los pasillos se llenaron de sonidos. Un puntapié del señor Cassidy abrió la puerta. Sus brazos estaban cargados de paquetes. Meme se precipitó hacia él y se colgó del cuello. Su ojo bueno irradiaba la luz del amor que brilla en la mirada de la doncella maorí cuando recobra el conocimiento en la cabaña del galán que la ha aturdido de un golpe y la a arrastrado allí.

 -¡Hola vieja!- gritó el sr. Cassidy, desembarazándose de sus paquetes y levantando a su consorte del suelo con un poderoso abrazo-. Tengo entradas para la función del Barnum y Bailey, y creo que si rompes el bramante de uno de esos paquetes, hallarás la blusa de seda… ¡Oh, buenas noches sra. Fink! No la había visto. ¿Cómo va ese viejo Mart?

-Muy bien, sr. Cassidy- dijo la sra. Fink-. Gracias. Ahora, tengo que irme. Mart no tardará en venir a cenar. Mañana te traeré el modelo que necesitas, Mame.

La sra. Fink subió a su departamento y lloró un poco. Su llanto carecía de objeto, era uno de esos llantos que sólo conoce una mujer, sin razón alguna, totalmente  absurdo: el llanto más efímero e irremediable del repertorio de la pena. ¿Porqué no la habríanzurrado nunca Martín? Era tan grande y fuerte como Jack Cassudy. ¿Sería quizá porque no la amaba? Martín jamás reñía. En casa holgazaneaba yendo de un lado al otro, silencioso, malhumorado, ocioso. Era un excelente ganapán, pero desconocía los placeres de la vida.

El barco de los sueños de la señora Fink estaba encalmado.  Su capitán oscilaba entre la torta de pasas y su hamaca. ¡Si al menos hiciera temblar sus cuadernas o golpeara con el pie el alcazar de vez en cuando! ¡Y ella que había esperado un viaje tan alegre, tocando en los puertos de las Islas deliciosas! Pero ahora, para variar la metáfora, la sra.Fink estaba pronta a  tirar la esponja, exhausta, sin poder exhibir un sólo razguño como rastro de aquellos tranquilos rounds de la pelea con su sparring partner. Por un momento casi odió a Mame, con sus cortes y sus magulladuras, su bálsamo de regalos y besos, su borrascoso viaje con su piloto peleador, brutal, cariñoso.

El sr. F ink volvió a casa a las siete. Lo impregnaba la maldición de la domesticidad. No le interesaba vagabundear fuera de las puertas de su cómodo hogar. Era el hombre que había alcanzado el tranvía, la anaconda que se había tragado a su presa, el árbol que estaba tendido tal como cayera.

-¿Te gusta la cena, Mart?- pregunto la sra. Fink, que  había dedicado sus buenos esfuerzos a prepararla.

-Hum… Si –gruñó el sr. Fink.

Después de la cena reunió sus periódicos para leer y se sentó, después de quitarse los zapatos.

Que surja algún nuevo Dante, y me cante un círculo de perdición digno del hombre que se queda sentado en su casa sin zapatos. Hermanas de la Paciencia que a causa de los vínculos o los deberes habéis soportado las medias de seda, de algodón, de hilo o de lana… ¿Verdad que ese nuevo canto se justifica perfectamente?

 El día siguiente era el Día del Trabajo. Las tareas del sr. Cassidy y del sr. Fink se  interrumpían por un tránsito del sol. Los trabajadores, triunfantes, desfilaban y se divertían en otras formas.

La sra. Fink le llevó temprano su modelo a la sra. Cassidy. Mame se había puesto su blusa nueva. Hasta su ojo lastimado lograba emitir un centelleo festivo. Jack se mostraba fructíferamente arrepentido y ambos tenía un proyecto divertido para aquel día, con parques y picnics y cerveza por delante.

Un tempestuoso e indignado sentimiento de envidia se apoderó de la sra.Fink cuando subió a su departamento. ¡Oh,feliz Mame, con sus magulladuras y su rápido bálsamo! Pero… ¿Debía acaso tener Mame el monopolio de la felicidad? Ciertamente Martín Fink era tan hombre como Jack Cassidy. ¿Debía privarse siempre su esposa de palizas y de caricias? Una repentina y brillante idea dejó sin aliento a la sra. Fink. Ella le probaría a Mame que había maridos tan capaces de usar sus puños como cualquier Jack y quizás de ser tan tierno como él después.

La fiesta prometía ser nominal para los Fink. La sra. Fink tenía llenas las artesas de la cocina  de ropa de dos semanas, que había estado en remojo toda la noche. El sr. Fink estaba sentado sin zapatos leyendo un periódico. Así prometía trascurrir el Día del Trabajo.

La envidia conmovió tumultuosamente el pecho de la sra. Fink y surgió con más ímpetu todavía una audaz decisión. Si su hombre no la quería golpear… si no había probado aún su virilidad, sus prerrogativas y su interés por los asuntos conyugales, debía incitársele a cumplir su deber.

El sr. Fink encendió su pipa y se frotó pacíficamente un tobillo con el pie. Reposaba en el estado matrimonial como un terrón de grasa sin derretir en una torta. Aquellos eran sus modestos Campos Elíseos: quedarse sentado, abarcando a modo de sucedáneo el mundo con la palabra impresa entre las conyugales salpicaduras de jabonaduras y los agradables olores de los platos del desayuno que se iban y los del almuerzo que venían. No pensaba en muchas cosas: pero en lo que menos pensaba era en pegarle a su mujer.

 La sra. Fink hizo funcionar el grifo del agua caliente y colocó la tabla de lavar entre las jabonaduras. Del departamento de abajo llegó la alegre risa de la sra. Cassidy. Aquello parecía un insulto, una ostentación de su felicidad ante la no aporreada esposa del departamento de arriba. Ahora, le había llegado la hora a la sra. Fink.

Repentinamente ella se volvió como una fiera hacia el hombre que leía.

-¡Holgazán!-gritó-. ¿Debo romperme lo huesos trabajando y afanándome para adefesios como tú? ¿Eres un hombre o un perro de cocina?

 El sr. Fink dejó caer el periódico petrificado por la sorpresa. Su esposa temió que no la golpeara… que la provocación hubiese sido insuficiente. Saltó sobre él y lo golpeó de un modo salvaje en el rostro, con la mano cerrada. En ese instante sintió por él un escalofrío de amor, tal como no sintiera desde hacía mucho tiempo. ¡Levántate, Martín Fink, y ven a tu reino! ¡Oh, ahora ella sentiría el peso de la mano marital… nada más que para demostrarle que se interesaba por ella…

El sr. Fink se levantó de un salto, y Maggie volvió a propinarle un amplio swing en la mandíbula con la otra mano. La sra. Fink cerró los ojos en el terrible y feliz instante que precedió al inevitable golpe… murmuró el nombre de Mart… y se inclinó hacia el esperado vapuleo, ávida de recibirlo.

 En el departamento de abajo el sr. Cassidy, con aire avergonzado y contrito, le empolvaba el ojo a Mamie preparando la francachela. Del departamento de arriba llegaron una aguda voz femenina, un ruido sordo, uno tropezones y un forcejeo, una illa derribada… los inconfundibles sonidos de un conflicto doméstico.

¿Mart y Mag están riñendo? –dijo el sr. Cassidy a guisa de conjetura-. No sabía que solían reñir. ¿Subo a ver si necesitan un segundo para la pelea?

Uno de los ojos de la sra. Cassidy fulguró como un diamante. El otro parpadeaba por lo menos como si fuera de pasta.

Oh, oh, -dijo en voz baja y sin intención aparente-. Me pregunto si… ¡si!… Espera Jack, a que suba y mire.

La sra Cassidy subió a la carrera las escaleras. Cuando ponía el pie en el pasillo del piso de arriba, la sra. Fink salía como una exhalación de la cocina de su departamento.

-Oh, Maggi!- exclamó la sra. Cassidy, con deleitado murmullo-. ¿Te pegó? ¡Oh! ¿Te pegó?

La sra. Fink corrió hacia su amiga y abandonó el rostro contra su hombro y sollozó desesperadamente.

La sra Cassidy tomó entre sus manos la cara de Maggie y la alzó con dulzura. Aunque estaba cubierto de lágrimas, sonrojado y descolorido, su superficie aterciopelada, blanquirosada y adecuadamente pecosa no ostentaba un solo rasguño, una sola magulladura, un solo golpe  del cobarde puño del sr. Fink.

-Dímelo, Maggie, o iré allí yo y averiguaré yo misma –rogó Mame-. ¿Qué pasó? ¿Te lastimó…? ¿Qué hizo?

El semblante de la sra. Fink volvió a abandonarse desesperadamente sobre el pecho de su amiga. -¡No abras esa puerta, Mame, por amor de Dios! –sollozó-. Y no se lo diga nunca a nadie…, consérvalo en secreto. Mart… no me tocó siquiera y…, está…, oh, Dios mío…, está lavando la ropa…, ¡está lavando la ropa! +

O´Henry

En: “Tragedia en Harlem”

“Cuentos de Nueva York” (Austral).