domingo, 10 de junio de 2018


Un pequeño alemán alucinado, padre putativo de,
¡ Francisco 1º !
¿Porqué razón el Vaticano de Francisco Iº avanza para concretar la instauración de la nueva Iglesia modernistas, con sorprendentes innovaciones y actitudes aviesas? Nada surge por generación espontánea; todo lo que existe es causado. La actual demolición de la Iglesia tradicional tiene su inmediata motivación en el pensamiento de un pequeño alemán alucinado de actuar por mandato divino, según la común creencia de todos los que se creen “reformadores” predestinados, salvadores de la Iglesia.  Ratzinger se considera, entonces, la encarnación misma del Vaticano II, según he leído en dos pequeños libritos que ha escrito: “La Iglesia se renueva” y “La Iglesia se mira a sí misma” (ediciones Paulinas). Pero los libritos podrían titularse, para ser más consecuente con el texto, el primero: “Haciendo una Iglesia nueva” y el segundo: “La Iglesia se miró al espejo y no era la más linda”. Por lo escrito, resulta ser el  padre putativo del escandaloso papado de Francisco Iº. quien no hizo más que desarrollar el pensamiento de su antecesor, y de todos los Papas posteriores al Vati-2.
Como carezco de conocimientos teológicos, criticaré sólo aplicando mi sentido común… sin es que del mismo algo me queda. Y me atengo a lo que leí en algunos libros teológicamente muy serios. Como debería hacer cualquier católico perplejo.  Para lo cual,  documentaré mi crítica transcribiendo, a medida que pasan las hojas, algunos párrafos que considero esclarecedores, del primero de esos libritos, subtitulado: una “Mirada retrospectiva sobre la primera sesión del Concilio Vaticano II”, escrito en 1963.
Comienza con el panegírico del cardenal modernista Frings, “quien con su profunda bondad humana dio a los días romanos aquel brillo que desde entonces conservan en mi memoria”. (pg. 5)
Protesta por la lentitud de las ceremonias litúrgicas y condena “el peligroso arqueologismo en el que fue encerrada la liturgia de la misa a partir del Tridentino”; y, ya pensando en el Nuevo Ordo sostiene:  (pg. 11), “un síntoma importante del éxito del Concilio sería ver hasta donde se diferenciaría la liturgia de clausura de la de apertura”.
Algo positivo encontró en el acto de apertura: la alocución papal “que rechazó todas las sentencias sólo negativas y que exhortó a emplear, en lugar de ellas, la medicina de la misericordia; que no quiso admitir como meta del Concilio las nada escolásticas disputas sobre los refinamientos de diversas doctrinas, sino que exigió una renovación fundamental de todo a través del entendimiento activo con el tiempo actual y sus necesidades” (pgs. 11- 40, etc).


Valoró el gesto del Papa firmando como “Juan, Obispo de la Iglesia Católica”… “sin ningún título especial, sino sencillamente el ministerio que lo une con sus hermanos, los obispos de toda la Iglesia de Dios” (pg. 12).  Con el tiempo se fueron desarrollando trágicamente estas ideas de democratizar el Vaticano.
“El primer hecho sensacional” –dice-, ocurrió cuando los Cardenales Liénart y Frings, ante el aplauso generalizado exigieron: “el Concilio estaba decidido a actuar con autonomía y no degradarse a la categoría de órgano ejecutivo de las comisiones preparatorias” (pg. 14). Sabido es que esto significó darle un palo, alejándolo, al cardenal Ottaviani, dejando la decisión en las manos de los obispos, ignorantes política y teológicamente, casi toda la mayoría de ellos, y perfectamente manejables por los del Rin. Por lo cual, el tiempo fue desnudando los escándalos de muchos obispos, que optaron por usar de su poder arbitrario para cometerlos. Quedó así satisfecho el deseo de los obispos progresistas, de limitar el poder del Papa, democratizándolo. Evidentemente esta fue una decisión anárquica intencional, pues es inimaginable pensar que obispos con cierta cultura política no hayan previsto el caos consiguiente que originaría la imposición de este libre examen liberal; como realmente aconteció.
Destaca, siguiendo a Congar “algo nuevo y verdaderamente necesario” (pg. 15):  que la Iglesia perdió la unión horizontal entre los obispos, que debería existir junto a la dirección vertical con “el centro”. Y, en consecuencia, el Concilio “ha asumido aquella función que le asigna el derecho canónico (Can 228) esto es, ejercer poder supremo sobre toda la Iglesia”.
Sobre la nueva moda del diálogo indiscriminado, irrazonable, escribió en pg. 16: “se manifestó claramente una fuerza espiritual… en el diálogo fraternal con los hermanos separados, en la lucha contra el mundo ateísta y en el propio despertar espiritual de la Iglesia,… pues la tensión y el enfrentamiento entre la diversidad y la unidad forman parte de la autorrealización de la Iglesia”. ¿Ignoraba acaso el papel de los protestantes en la gestión del humanismo ateo? ¿Se habrá enterado del fracaso de su teoría, sabiendo que Francisco 1º confraterniza y alienta a ateos y corruptos que se le ríen en la cara? El cardenal Ratzinger comenzó esta decadencia postulando el liberalismo modernista, por lo que no resulta extraño que su sucesor haya agravado la caída. Sin embargo, en varias ocasiones, como para que resulte el motivo principal de sus memorias, destacó que la Iglesia dormida despertó al son de los simpáticos y atrayentes cascabeles, que hacían sonar, en San Pedro, los liberales y modernistas; y que él, entusiasmado, bailó intelectualmente de placer.
“Desde un principio el clima del Concilio estaba marcado por la actitud magnánima de Juan XXIII, quien en esto se diferenció notablemente del Papa del Primer Concilio Vaticano… estimulando la franqueza y la actitud abierta… superando la neurosis del antimodernismo, que desde los comienzos del siglo continuamente se ha hecho sentir y que siempre ponía obstáculos” (pg. 19). Infamó, entonces, a Pío IX a quien consideraba un neurótico, ni sincero ni magnánimo; en cambio, Juan XXIII, fue llamado el “bueno”, porque permitió el desarrollo de su modernismo. En esta, como en otras muchas ocasiones, lanza coces muy poco positivas y muy  inmisericordes.. olvidándose de Juan el “bueno”. Pero así son los liberales.
Estas, sus mismas palabras, lo definen como un modernista a ultranza, haciéndosele muy difícil  retractarse, pese a los buenos deseos de ciertos católicos conservadores, que creen que al pasar del tiempo, el cardenal Ratzinger reculó, y corrigió, ladero de Juan Pablo II, sus errores “juveniles”; permitiéndoles a esos papólatras pusilánimes aceptar al cardenal, convertido ya por ellos en un  San Jorge del Concilio, sin aceptar la evidencia aplastante de que continuó con su progresismo, como comprobamos, además de sus acciones,  principalmente por las que debería haber hecho y omitió, y también por las inexplicablemente amistosas y misteriosas “tenidas” actuales con Francisco 1º.¿Sería posible “dialogar” con Francisco 1º sin amoscarse?
Sobre la liturgia: de los cuatros proyectos presentados por el Cardenal Ottaviani, “los dos últimos no había madurado completamente… por lo que tenían que provocar antagonismos de gran trascendencia” (pg.22). El Concilio hizo, entonces, “una verdadera profesión de fe, punto  de partida propiamente dicho de toda renovación,… la doctrina de la Iglesia, que de esta manera fue liberada de la estrechez ‘jerarcológica’  (Congar), de los últimos siglos… Finalmente hay que decir también que en este asunto el Concilio  pudo cosechar lo que ha madurado en la Iglesia a través de sus luchas de los últimos decenios: en estos días se ha hecho perceptible la fecundidad de una lucha difícil y trabajosa y al principio muchas  veces mal comprendida” (pg. 26). Por el contrario, el modernismo fue siempre muy bien comprendido, principalmente por San Pío X.
Respecto a la misa (siempre omite el “Santa”; como también el “San” refiriéndose a los Papas, e inclusive a los santos, anteriores al Vati-2). ”En primer lugar se puede hablar de un retorno a los orígenes… para deshacer aquella rigidez ritual”“una participación más activa de los laicos” … y la posibilidad de  dar la comunión “bajo las dos especies”.
Trata de descentralizar la emisión de las leyes litúrgicas, asignando “a las Conferencias episcopales un poder legislativo litúrgico para el ámbito de su país… como potestad propia de ellos mismos”, no delegado por el Papa; … pues “desde el punto de vista del derecho canónico, las Conferencias episcopales hasta ahora no existían”… “robusteciendo el poder episcopal”…, “pieza fundamental en la renovación de la eclesiología”. (pg.30).
“El latín es una lengua muerta, pero la Iglesia sigue viviendo”; se deben imponer las lenguas nacionales, lo que “será capaz de prestar un servicio esencial para un nuevo encuentro entre el espíritu cristiano y el moderno... Difícilmente se podrá negar que la esterilidad, a la que fueron condenadas muchas veces la teología y la filosofía católicas desde el fin del iluminismo, no en último lugar se debía a la sujeción a una lengua en la que ya no se llevaban a cabo las realizaciones vitales del espíritu humano”. Desde entonces, ya en el reino de la anarquía democrática, cada obispo crea su propia liturgia, cada vez más escandalosas.
Fobia alemana contra la latinidad. Las Iglesias ortodoxas son “un factor interno corrector de cualquier exclusivismo latino, que siempre abría los límites de su enangostado horizonte latino y obligaba a la asamblea a pensar no en forma latina sino católica y evitar la funesta confusión de lo latino con lo católico” (pg.34).
La presencia de más o menos 200 expertos y observadores nombrados por el Papa ”significaba un elemento nuevo y en gran medida fructífero. Sin pronunciar palabra alguna, creaban ambiente: nadie, al pronunciar su discurso, podía desentenderse de su presencia. Esto imprimió una responsabilidad ecuménica especial a las palabras de cada uno…” (pg.35). Resultado, entre otros, de este pavor ecuménico de asustar a los disidentes, fue el relegamiento de la glorificación de la Santísima Virgen (pg. 50); cuya intercesión hubiera sido fundamental ante la crisis del mundo moderno… Pero ¡viva la ideología sectaria!
Nuevamente, en pg. 37,  se queja,  agrede al  anti-modernismo, y patalea. El Esquema sobre las Fuentes de la Revelación, dice, está “determinado totalmente por una mentalidad anti- modernista, que tomó su forma alrededor del principio de este siglo, esto es, se caracteriza por un ’anti’, por una negación, que comparada con la salida positiva del esquema de la liturgia tuvo que dar una impresión helada y hasta chocante… Para comprender la actitud mental que se expresa en semejantes textos, es menester tener ante los ojos la situación de la lucha de la Iglesia en los últimos cien años. Ella toma su forma claramente en el Syllabus de Pío IX (1864)… Alcanza su punto culminante con las medidas de acción de Pío X  (sin “san”) contra el modernismo,… En estos años se llevó a cabo una enconada discusión que encontró su expresión en figuras tan trágicas como Loisy y Turmel, hombres que, a pesar de haber perdido interiormente la fe, exteriormente siguieron siendo católicos en la creencia de que debían reformar y modernizar, a su modo, a la lglesia… Finalmente, como último relampagueo de la crisis anti-modernista se ha de señalar a la encíclica Humani Generis de Pío XII (1950) que una vez más volvió sobre la línea marcada por los nombres de Pío IX y Pío X”
“La teología de las negaciones y prohibiciones… sino distribuir la medicina de la misericordia…, sino de nuevo presentar positivamente la Fe [proporciona]… un nuevo y positivo encuentro con sus orígenes, con sus hermanos, con el mundo de hoy…” (pgs. 39/42), dice cínicamente, pues todo su librito es una condena explícita y brutal a la Tradición. “No se ayuda nada con condenaciones, y que ya bastante tiempo de por sobre todo lo que es falso y todo lo que no debe hacer, pero que por fin quiere escuchar lo que tan pocas veces oyó: qué es lo verdadero, con qué mensaje positivo puede la fe ir al encuentro de nuestro tiempo”. Queriendo significar que la Iglesia, antes de él, ocultaba la Verdad,… sin “prestar atención a la verdad que posee el otro” (pg.44).
Después arremetió contra Santo Tomas, como era previsible, para que el Concilio esté “abierto a la plenitud toda de lo cristiano”; e insiste: “al continuarse la lucha contra el modernismo, a menudo se fundaba casi exclusivamente en la teología latina de los últimos cien años y de esta manera estaban amenazados en que la plenitud de lo católico apenas podía manifestarse” (pg. 45).
 Y continúa con este desfogue de resentimiento contra las verdades de la Iglesia, que ya no puedo continuar anotando porque estoy asqueado. Todas las novedades que propuso finalizaron lamentablemente. Como muestra bastan estos botones, aunque con sólo uno hubiera sido suficiente. Con lo cual,  el que tenga buena voluntad puede consultar los mencionados libritos, para comprender más detalladamente  la tragedia desacralizadora que desataron  los Papas del Concilio Vaticano IIº.












2 comentarios:

  1. ¡Ya dejen de hacerle el juego al falsario llamándolo francisco! vomitivo.

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  2. ¿como pueden leer a Ratzinger? sus sofismas asquean. Lean el análisis del padre Mattias Gaudron en el catecismo de la crisis de la iglesia. Muy bueno.
    https://eccechristianus.wordpress.com/2013/10/17/catecismo-catolico-de-la-crisis-en-la-iglesia-i-por-el-padre-matthias-gaudron/

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